jueves, 16 de febrero de 2012

El Nazareno Caminante visitó Caracas, pero las milicias lo echaron de la Plaza Bolívar

Se trata de Juan Francisco Díaz Ramírez, conocido como “El Nazareno Caminante”, natural de Achaguas, quien este 16 de febrero se estaría marchando de Caracas, luego de cumplir tres días de promesa para pernoctar con su Cruz frente a la estatua de Simón Bolívar, pero lo tuvo que hacer el mismo día que llegó, ya que algunos milicianos se resistieron a que estuviera con su “mal aspecto” en el centro de la capital. El mensaje de Dios se expresa de muchas maneras, y a veces, no se le entiende.

Ramón Antonio Pérez
@GuardianCatolic
Caracas, 16 de febrero de 2012.- “¿Pero bueno chico, cómo se te ocurre a Ti pedirme que le solicite un permiso a la Alcaldía para presentar mi Cruz  ante el Libertador? ¿Por qué en lugar de impedirme cumplir mi promesa no te dedicas a buscar delincuentes? ¿Por qué no les pides el permiso a ellos?”. Este renuente clamor se escuchaba bien temprano, el lunes 13 de febrero de este año, frente a la estatua ecuestre de Simón Bolívar, en Caracas.
El día trece en la madrugada, llegó a Caracas procedente de Achaguas, estado Apure, luego de pasar por Margarita, estado Nueva Esparta. Pero la incomprensión y el autoritarismo, males sociales tan parecidos a los que en su época vivió el verdadero Jesucristo, lo encontraron en las primeras luces del día, discutiendo con envalentonados Guardias Patrimoniales (una especie de milicianos o custodios paramilitares de la plaza) que lo corrieron del lugar para justificar de alguna manera un empleo político, y no entender el mensaje que les pudo dejar a los caraqueños.
Su intención era rendir tributo durante tres días al Libertador. Primero fue a la Catedral Metropolitana, donde agradeció a Dios por llegar a Caracas, en este viaje que, según dijo, lo realiza de hace más de cincuenta años. Solo duró unas pocas horas en la Plaza Bolívar…
Vestido de Nazareno
Mi caminar de hombre, se hizo camino en Dios,
cuando tu, Jesucristo, te hiciste como yo.
Llegó vestido con traje de Nazareno chispoteado de marcas sucias por el trajinoso camino. Mantiene dos cordones a manera de cíngulos religiosos amarrados a la cintura, uno gris y otro amarillo casi hasta el piso, con sus respectivos nudos a la mitad de ellos. Una espesa barba con muchas canas le esconde el rostro agreste y duro donde se asoman dos ojos negros muy vivos pero tiernos, una nariz achatada y dentadura incompleta.
A la primera impresión, para aquellos de corazón pudoroso y pretendidas vidas superiores, pudiera causar temor y alejarse de él por creer que sufre algún tipo de locura. Esa pudo ser la razón de la rápida actitud de los milicianos de la plaza.
Una bufanda tricolor sobre su cuello mostraba ocho estrellas y el nombre de Venezuela. De su nuez bajan dos condecoraciones “que la gente me ha dado en algunos pueblos donde he llegado; son reconocimientos deportivos y religiosos”, explicaría luego.
Sobre su espalda se entrecruza un costal de tela con “una túnica morada nuevecita para Semana Santa”, según reveló. En su costado derecho una pequeña bolsa donde guarda las colaboraciones que algunos se animan a ofrecerle. “Con ese dinero compro tela y mando a hacer mis túnicas moradas que ya llega a cien a lo largo del cumplimiento de esta promesa que es de por vida”. En ambas muñecas se notan brazaletes de tela.
Pero los pies del Caminante tienen algo especial que llama la atención: siempre van descalzos y para lo mucho que han transitado no están ennegrecidos ni maltratados; el polvo y lodazal de los caminos no han encontrado espacio en ellos y están sanos. “Nunca he sentido dolores”, dijo de sus extremidades.
“¡Maestro, retírese de aquí!”
Mis pasos que no hallaban por donde a Dios llegar,
y tu palabra dulce, me vino a iluminar.

Abordarlo fue sencillo. “Buenos días miiiiijo”, expresó con un marcado tono llanero que prolongaba la figurada filiación con el interlocutor. ¿En qué te puedo servir?, agregó, descubriendo, además, una voz chillona pero contradictoriamente serena y con una acertada modulación. El Caminante parece que no se cansa nunca de hablar, saludar y repartir bendiciones. Le va bien el dicho popular: “parece un radio prendido”.
¡Mucho gusto, me llamo Juan Francisco Díaz Ramírez!”. Y de inmediato interpela al periodista – “¿Qué te parece? Este funcionario -y señala a un custodio de la Plaza Bolívar– me está pidiendo que saque un permiso para permanecer aquí con mi Cruz. Primera vez que esto me ocurre en más de cincuenta años que tengo recorriendo a pie mi querida Venezuela con una Cruz a cuesta”.
En medio de la conversación, una exaltada mujer vestida de rojo y portando un chaleco con emblemas oficialistas, tuvo la osadía de mandarlo a colocar su Cruz junto a los “capitalistas de la Plaza Altamira, porque aquí en Caracas manda el pueblo”.
Esta situación llenó de valentía al Caminante quien expresó que él “apoyaba al Presidente pero que no estaba de acuerdo con las expropiaciones ni con las vejaciones a personas que pensaban distinto”. “Le he pedido a Dios por su enfermedad pero también pido por las personas que no pueden ser atendidas en hospitales y mueren de mengua. Y si Ustedes – se dirigía nuevamente a los paramilitares- para que yo esté aquí, me piden un permiso, sencillamente no les daré el gusto porque cada Plaza Bolívar es libre, como es Venezuela.  Les digo estas verdades aunque les duela y me corran de aquí. Total, ya he cumplido con mi promesa; ya le he presentado la Cruz al Libertador en la plaza su ciudad natal”, decía manoseando el aire como escribiendo con gestos sus palabras.
El Caminante iba y venía. La gente se  arremolinaba - pero ante la fama de “territorio libre” defendido por “La Esquina Caliente” del que goza este sector de la ciudad - nadie intentó mostrarse a favor o en contra. Cuando hablaba se dirigía a un miliciano que le increpaba a “retirarse del lugar porque daba mal aspecto, y si quería estar allí debía presentar un permiso de la Alcaldía del municipio Libertador”.
“¡Está bien, yo me retiro pero mi Cruz no me la vas a tocar!”, prevenía al militar, impidiendo que su objeto sagrado fuese manoseado por el grupo de guardias patrimoniales que inmediatamente le rodearon cual si este hombre de aspecto místico y contextura débil, estuviera cometiendo delito alguno para ser castigado….
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Testimonio de sanación
Caminando a tientas en medio de la vida.
Ciego por luces falsas, y falsos ideales,
mi corazón hombre clamó por la verdad,
y tu palabra dulce, me vino a iluminar.
-Señor Juan Francisco dígame cuál es el significado de esta Cruz, y cuántas ha tenido - requirió el redactor.  
“Mijo, esta Cruz significa que en ella están los pecados del hombre, de la humanidad, de los venezolanos, pero también sus esperanza y sus sueños de felicidad”. Es la número veintinueve”, respondió con alegría, sabiendo que era escuchado por quienes le rodearon una vez que decidió apartarse de la estatua del Libertador. “Ésta pesa 22 kilogramos de madera pura; las anteriores eran más pesadas. La gente les ha ido colocado peticiones y pagos de promesas. Como puedes ver las colocan dentro de bolsitas que pegan a la Cruz”.
Efectivamente, una nutrida gama de bolsas transparentes y oscuras rodean el símbolo religioso que este hombre soporta en su delgada humanidad. “Algunos piden por la sanación de enfermedades, por familiares presos, por su estudios y graduaciones, para conseguir empleo y hasta por condiciones personales propias como la homosexualidad, la prostitución, el lesbianismo y la delincuencia. Otros son para agradecer por los favores obtenidos. Esta Cruz soporta de todo; es el aliviadero de todos los hombres”, dijo.
¿Desde cuándo está usted caminando? –volvió a preguntar el periodista. “Desde que tenía siete años”, respondió inmediatamente. “Estoy pagando mi promesa porque yo nací con bronco neumonía severa, y Dios me sanó a los siete años; luego desde los catorce años comencé a recorrer el país entero en agradecimiento y vestido de Nazareno”.
Una interminable lista de ciudades, pueblos y caseríos va mencionando Juan Francisco cuando se le pregunta si estuvo en determinada población venezolana. Los dice al dedillo y con detalles incluidos de la distancia entre un poblado y otro, y las actividades principales que allí se cumplen. Además comentó que ha estado en Colombia, en Cúcuta. “En todas partes los militares y funcionarios policiales me respetan y cuidan”.
Reflexión final
La Cruz que soporta sobre sus espaldas es la guinda de este singular Nazareno, su historia y la misión que le ha tocado cumplir en la Tierra. En ella reside el secreto de la convicción de este hombre sencillo cuyo mensaje está centrado en el agradecimiento a quien su vida entregó por el rescate de toda la humanidad. Quizás por eso lleva tantos agradecimientos, promesas y peticiones de la gente que le conoce por donde pasa.
“No es un andariego nazareno, es un ser que en su cuerpo ha intentado reflejar la Pasión de Cristo por Venezuela. No es casualidad que a punto de entrar la Cuaresma, él haya llegado a Caracas con una cruz y toda una vida de historias y sufrimientos a sus espaldas”, comentó una señora al reconocer a este hombre.
La cercanía de la Cuaresma, y luego la Semana Santa, permiten conocer algo más que seguramente Dios quiere decir a quien tenga la oportunidad de encontrarlo en su camino. Queda la evidencia de que por Caracas pasó, lo corrieron del centro de la ciudad, pero algunos lograron escuchar su testimonio y sus enseñanzas. Aquí les queda este.


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