
Que el Estado tiene una palabra que decir en materia educativa, nadie lo niega. Más bien, es su obligación. Pero que el Estado desempolve la tesis trasnochada del Estado Docente y pretenda imponer, por estar en el poder “su” manera de ver el mundo, no se lo tragan ni las sociedades más fundamentalistas y fanáticas del mundo.
En nombre de una igualdad que no existe no debemos caer en una desigualdad que hace más odiosa la convivencia, puesto que solo tienen acceso y/o derecho a ser educadores o educandos a quienes acepten el sistema impuesto. La calidad de la educación pasa hoy por la amplitud de miras, el oír y tomar en cuenta a los otros, la tolerancia y búsqueda de una convivencia más serena y cordial.
La enseñanza militarista, el sesgo de la historia que convierte en héroes y paradigmas a “mis” héroes, no sólo es una burla sino una bomba de tiempo, cuyos frutos más inmediatos son la violencia y la intransigencia. Cuando lo que priva es la ideología, la capacitación y competitividad quedan de lado. No interesa formar buenos profesionales sino buenos revolucionarios. Lo primero es formar adeptos y soldados, no ciudadanos y hombres autónomos.
Retrotraernos a las discusiones estériles de los años cuarenta, no es una desubicación en el tiempo y en el espacio. Los venezolanos bien preparados y libres, porque opinan y piensan con su propia cabeza, emigran. Los jóvenes que se quedan, como los que estudian en la UNEFA, reciben un día a la semana, orden cerrado, prácticas de tiro y manejo de armas. ¿Eso es lo que necesita aprender un muchacho que se prepara en educación integral o en medicina? ¿Qué lógica tiene esto?
Un nuevo diseño curricular no se logra haciéndole “observaciones cosméticas” a los libros presentados por el Ministerio. Se requiere una reingeniería, una operación de la alta cirugía, para diseñar el currículo que quieren “todos” los actores sociales y no sólo los oficialistas, uniformados de simplismos que conducen al atraso y al gregarismo. Si no, veámonos en el espejo de los países donde se implantaron en décadas pasadas.
Democracia es aceptar una dosis gigante de pluralismo y tolerancia para que caminemos sobre una base común más ancha, la única que nos puede llevar hacia el verdadero mar de la felicidad.
22-4-08
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