domingo, 22 de enero de 2017

Monseñor Fernando Castro - Ancianos: un tesoro



“…el anciano en su falta de fuerza sólo tiene recuerdos y, por tanto, la soledad puede ser fuente de miedos y angustias"

Fernando Castro Aguayo

Hay dos etapas de la vida en las que somos muy vulnerables: la niñez y la ancianidad. La  imagen del hombre o la mujer fuerte contrasta con el anciano quien en su falta de fuerzas sólo tiene recuerdos y, por tanto, la soledad puede ser fuente de miedos y angustias.

Por otra parte, la compañía al anciano ayuda a entender que el gran tesoro que ellos tienen es sentirse queridos, escuchados y acompañados. Es como el niño, siente seguridad con su madre, su padre, sus hermanos. El anciano igual, siente seguridad en los hijos, en el cónyuge, en quien lo acompaña.

Los ancianos son la memoria de la familia. A la vez, ellos ya han dado todo, bien o mal, como han podido, y al final de su vida son personas igualmente. Por eso es una gran obra de caridad, acompañar a los débiles, enfermos y ancianos. Sólo pueden recibir afecto, compañía y cariño.

Hoy en día además, con los medios que hay para prevenir enfermedades, los ancianos se mueren “de viejos”, muchas veces sin una causa patológica concreta. Cada vez más, reclama la sociedad y la familia la atención de los ancianos. Ciertamente, la visión pragmática de la vida está llevando a algunas legislaciones a acudir a la “muerte dulce” o al “suicidio asistido”. Viejitos que huyen de algunos países, no los vayan a matar. A la vez, qué humanidad y qué calidad espiritual tiene el dar “consolación” a quienes ya están en el ocaso de la vida. Sólo Dios ve ese tesoro, porque allí está el rostro de Cristo.

La alegría que debe acompañar estos servicios ilustra la dignidad que respetamos en las personas. No se trata sólo de comer, asearse y cuidar unos medicamentos: podría ser lo posible en la vida dramática que llevamos. Sin embargo, resuenan las palabras del Señor: “Cada vez que lo hiciste con uno de estos, mis pequeños hermanos, conmigo lo hiciste”.

Evitemos los “depósitos de viejos”, y busquemos crear el “ministerio de la consolación y el acompañamiento”. Esto debe existir en cada familia, en cada comunidad o condominio, en cada parroquia, en todas partes.


Agradezcamos a los ancianos con obras de consolación, dignidad y acompañamiento.


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