jueves, 5 de abril de 2012

Cardenal Urosa: “Los Sacerdotes estamos llamados a ser santos”

Misa Crismal 2012. “(…) en esta sagrada liturgia del Jueves Santo se consagran los óleos sacramentales, especialmente el santo crisma. Con ellos serán ungidos los nuevos bautizados, los confirmados, y los obispos y presbíteros que son presencia viva de Jesucristo. Por eso esta es la Misa del Sacerdocio, y también la Misa de los Sacramentos: es la Misa de la Santificación del Pueblo de Dios.”, señaló el Arzobispo de Caracas.
Ramón Antonio Pérez
Caracas, 05 de abril de 2012.- El Cardenal Jorge Urosa Savino, presidió la Misa Crismal de este Jueves Santo, en la Catedral Metropolitana de Caracas, a la que asistieron sacerdotes del clero diocesano e institutos de vida consagrada para renovar su entrega a Dios, y donde además se consagró el Crisma y se bendijeron los Óleos, en medio de una nutrida concurrencia de fieles procedentes de todas las parroquias de esta ciudad.
El Arzobispo de Caracas estuvo acompañado del Nuncio Apostólico de Su Santidad en Venezuela, Monseñor Pietro Parolín; y de sus Obispos Auxiliares: Monseñor Luis Armando Tineo, Monseñor Jesús González de Zárate, Monseñor Fernando Castro Aguayo, y Monseñor Nicolás Bermúdez (obispo auxiliar emérito), entre otros.
Antes de iniciar la eucaristía agradeció el gesto del Papa Benedicto XVI, “por la designación del nuevo obispo auxiliar para Caracas, Monseñor Tulio Luis Ramírez Padilla”, palabras que fueron recibidas con gran aplauso por parte de la feligresía.
Aunque la celebración religiosa estuvo centrada en los oficios religiosos propios de este Jueves Santo, el Cardenal Urosa aclaró durante la homilía que Jesús de Nazaret no era líder de ninguna tendencia política. Ello, porque el capellán de la cárcel de Yare, padre Luis Molina, en declaraciones ofrecidas a la Televisora del Estado (Canal 8), aseguró que Jesucristo era “revolucionario, socialista y comunista”.
El Purpurado precisó que “esto es completamente absurdo y no podemos aceptar que un sacerdote diga eso, porque está mezclando la religión con la política”.

La homilía del Cardenal Urosa fue titulada Comunión y Santidad: Testimonio de Cristo. Y a lo largo de su exposición recordó que la Misa Crismal, abre el Triduo Pascual, durante la cual los sacerdotes renovarán las promesas sacerdotales, pobreza, castidad y obediencia, “se proyecta en la celebración de los sacramentos que constituyen y fortalecen la Santa Iglesia de Dios en Caracas”.
Recordó a sacerdotes de Caracas fallecidos durante el último año, y además, tuvo palabras especiales para evocar a los arzobispos que le precedieron en el cargo. “Los recordamos hoy con especial cariño, particularmente a mis inmediatos predecesores: Monseñor Lucas Guillermo Castillo, Monseñor Rafael Arias Blanco, el Cardenal José Humberto Quintero, el Cardenal José Alí Lebrún, el Cardenal Ignacio Antonio Velasco. Somos herederos de los dones y tesoros que esos Obispos, y muchísimos sacerdotes, religiosas y religiosos de otros tiempos, junto con los fieles laicos, forjaron para nosotros”, dijo el Cardenal Urosa.

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A continuación la Homilía completa del Cardenal Jorge Urosa Savino:

COMUNIÓN Y SANTIDAD: TESTIMONIO DE CRISTO
HOMILÍA EN LA MISA CRISMAL
Catedral metropolitana de Caracas, Jueves Santo 5 de abril de 2012,
Cardenal Jorge Urosa Savino, Arzobispo de Caracas

MISA DE NUESTRA IGLESIA LOCAL
Celebrando a Cristo, sumo y eterno sacerdote, el Mesías, -que quiere decir, el ungido -, en esta sagrada liturgia del Jueves Santo se consagran los oleos sacramentales, especialmente el santo crisma. Con ellos serán ungidos los nuevos bautizados, los confirmados, y los obispos y presbíteros que son presencia viva de Jesucristo. Por eso esta es la Misa del Sacerdocio, y también la Misa de los Sacramentos: es la Misa de la Santificación del Pueblo de Dios.
Esta celebración es también, por excelencia, la Misa de la Iglesia. Sí, mis queridos hermanos: la Misa de la Iglesia. Pues esta Misa Crismal se proyecta en la celebración de los sacramentos que constituyen y  fortalecen la Santa Iglesia de Dios en Caracas. Esta liturgia está engalanada por la participación de ustedes, queridos fieles venidos de los cuatro puntos cardinales de nuestro territorio, y de  ustedes, queridos sacerdotes pertenecientes al clero diocesano de Caracas y a los  Institutos de vida consagrada.
La realidad y el gozo de nuestra identidad se sienten, se palpan en esta Misa de nuestra Iglesia de Caracas. Al participar en esta solemne celebración manifestamos nuestra pertenencia a ella. Los sacerdotes que estamos incardinados a esta Iglesia particular, y los hermanos que aquí viven y ejercen su ministerio sacerdotal, de una u otra manera pertenecemos a ella. Tenemos estos hermanos, estos presbíteros, estos fieles, estos compañeros, estos dones, este Arzobispo y estos Obispos Auxiliares. Aquí en nuestra antigua Catedral podemos evocar aquellos obispos santos y celosos, valientes y esforzados, que  han abierto los caminos por donde transitamos nosotros hoy. Los recordamos hoy con especial cariño, particularmente a mis inmediatos predecesores: Mons Lucas Guillermo Castillo, Mons Rafael Arias Blanco, el Cardenal José Humberto Quintero, el Cardenal José Alí Lebrún, el Cardenal Ignacio A. Velasco. Somos herederos de los dones y tesoros que esos Obispos, y muchísimos sacerdotes, religiosas y religiosos de otros tiempos, junto con los fieles laicos, forjaron para nosotros. Ellos anunciaron el evangelio y propagaron la fe, crearon nuestras estructuras pastorales, animaron nuestros movimientos laicales, construyeron nuestros templos, iniciaron nuestras parroquias, conventos, escuelas y Universidades, y animaron y fortalecieron  nuestros Seminarios de Santa Rosa de Lima y Redemptoris Mater. Hoy los recordamos con  gran afecto.
Los invito, pues, a sentir personalmente la pertenencia a nuestra Iglesia de Caracas. Vivir la identidad diocesana es cuestión de sentido eclesial. Sentirla nos ayuda a amar más a nuestra Iglesia concreta, enriquecida con tantos dones, y a trabajar por ella con amor y sin descanso, con nuevo ardor, como nos pedía el Beato Juan Pablo II.
Junto con el Sacerdocio de Cristo celebramos, pues,  hoy Jueves Santo, la realidad sobrenatural y humana de la Iglesia fundada por Él para la salvación del mundo, mediante la elección de sus apóstoles y el envío de estos y de sus sucesores a anunciar la buena nueva de paz, alegría, gracia y salvación. Iglesia universal y de Caracas sembrada, elevada, santificada y fortalecida, por la efusión de la preciosa sangre de Cristo en el Calvario, por  su gloriosa resurrección, y por la presencia viva del Espíritu Santo.
IGLESIA TESTIGO DE CRISTO
La historicidad de la salvación exige precisamente la obra de sus apóstoles y de quienes, movidos por su testimonio vivo, creyeran en Él. Requiere la obra de la Iglesia, de su testimonio vivo ante el mundo.
Esta misión la posee la Iglesia universal realizada y presente en cada una de las Diócesis del mundo, y también, para nuestra alegría, en nuestra queridísima Arquidiócesis de Caracas  Porque, como el Concilio Vaticano II nos enseña, al definir qué es una Diócesis, que ésta es
"una porción del Pueblo de Dios que se confía al Obispo para ser apacentada con la cooperación de su presbiterio, de suerte que, adherida a su pastor y reunida por él en el Espíritu Santo por medio del Evangelio y la Eucaristía, constituya una Iglesia particular en la que se encuentra y opera verdaderamente la Iglesia de Cristo que es una, santa, católica y apostólica.  " (1)
Demos, pues, gracias a Dios por la existencia de nuestra Iglesia de Caracas, engalanada con tantos dones por el Señor. Y al darle gracias por nuestra realidad eclesial, pensemos igualmente en el compromiso que tenemos de vivir a plenitud las exigencias de ser realmente la Iglesia de Cristo una, santa, católica y apostólica, para dar testimonio de Cristo.
Quiero subrayar especialmente la necesidad del testimonio de comunión eclesial, de unidad  de la Iglesia. Cristo Nuestro Señor, en el Sermón de la Cena dirigió a Dios, su Padre celestial, una intensa plegaria: “que todos sean uno, para que el mundo crea que tu me has enviado” (2). Es decir, nosotros estamos llamados a ser testigos de Cristo, en primer lugar por nuestra cohesión interna: debemos vivir en el amor, en la fraternidad, en la unidad de la fe viva; debemos vivir en fidelidad a la santa Doctrina católica tal como la expone el Magisterio ordinario y extraordinario de la Iglesia Universal. Debemos desterrar de nuestras comunidades la indiferencia, el aislamiento, la división, y fortalecer los lazos que nos unen unos a otros en torno a Jesucristo. Este testimonio de comunión es muy importante especialmente en este año electoral en que se agudizan las pasiones políticas.
Quiero subrayar igualmente la necesidad de nuestra vida de virtud. Estamos llamados a dar un testimonio de  santidad, a ser santos, especialmente a vivir la religiosidad y la unión con Dios, desterrando la indiferencia religiosa que nos lleva a abandonar la práctica de la fe. Santidad en la vida diaria, rechazando todo tipo de pecado, en respuesta de total fidelidad al Señor, que nos llama a la perfección cristiana. Santidad que va unida a la felicidad, recordando la exigente y estimulante enseñanza de Jesús: “Felices los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen”. (3)
LOS SACERDOTES, TESTIGOS DE CRISTO EN LA IGLESIA
Luego de su resurrección, el Señor encomendó a los apóstoles la misión de ser sus testigos (4). Esta gloriosa condición, común a todos los bautizados, es aún más exigente en aquellos que Jesús ha llamado a ser sus ministros en medio de su pueblo.
¡Los sacerdotes estamos llamados a ser fieles testigos de Cristo resucitado! Con alegría, mis queridos hermanos, hemos de dar testimonio del amor de Dios: con una vida llena de caridad,  ardor apostólico, creatividad pastoral y amor a los fieles de nuestras comunidades; en comunión con los Obispos y el Presbiterio local. Unidos en  la confesión y enseñanza de la verdad revelada, conforme  a las enseñanzas del magisterio. Esta es una exigencia de nuestro ser eclesial y sacerdotal. Los grandes santos nos indican la necesidad de que los sacerdotes se unan, como hermanos, miembros de un mismo presbiterio, en torno al Obispo como en torno a Cristo. El distanciamiento, el aislacionismo, la indiferencia son dañinos, sobre todo, para quien los practica. Además de la gracia de Cristo, el apoyo y la fuerza del Obispo son sus presbíteros y los fieles. Y el apoyo del sacerdote son su Obispo y sus compañeros presbíteros junto con los fieles. Sintamos la alegría de vivir fraternalmente y de ayudarnos mutuamente.
Estamos llamados a ser testigos fieles del amor de Dios, de ese Dios que es amor. Mediante la vivencia de nuestra sublime vocación al celibato por el Reino de los cielos, damos testimonio de que Dios merece ser amado con todo el corazón, en la renuncia al legítimo amor conyugal. Así respondemos con generosidad a la vocación de “dejarlo todo para seguir a Cristo” (5). Y para ello hemos de valorar y proteger nuestra santa vocación, con la vigilancia y la oración. Recordemos las palabras del Señor en el huerto de los olivos: "Vigilad y orad para no caer en tentación. El espíritu está decidido, pero la carne es débil”. (6) Por ese motivo debemos vivir nuestra consagración en el celibato con prudencia y sensatez en la vida diaria, tanto más necesarias en un mundo marcado por el neopaganismo. Nuestra fidelidad, nuestro testimonio de Cristo exige también el compromiso de la pobreza evangélica, que es sencillez sin lujos, desinterés y generosidad, entrega y disponibilidad para el ministerio pastoral. Y que es también prudencia y diligencia en el manejo del patrimonio eclesial y de los fondos propios.
¡Qué alegría tan grande!, queridos hermanos sacerdotes, ser testigos de Cristo para llevar su luz y su salvación a este mundo golpeado por la arrogante y grosera exaltación de los placeres, del dinero, de la soberbia, que caracteriza la cultura occidental contemporánea. Renovemos, pues, nuestra determinación de dar la cara por el Señor, y sigamos adelante en la construcción de nuestra Santa Iglesia Arquidiocesana.
La Pastoral Vocacional
Queridos hermanos sacerdotes:
Permítanme en este momento dirigirles un apremiante llamado: los invito a que, movidos por la alegría de ser amigos de Jesús, como llama Él a sus apóstoles en la Ultima Cena (7), trabajemos y oremos intensamente por las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada en nuestra Arquidiócesis de Caracas. Nos va en ello el futuro de nuestra Iglesia. Y estemos seguros, la experiencia así lo demuestra, que Dios bendice la labor de pastoral vocacional. En Diócesis o Parroquias donde se realiza una intensa pastoral vocacional, los jóvenes, animados por el ejemplo y el testimonio de santidad de sus presbíteros, acogen con alegría la vocación al servicio. Nuestras Escuelas y comunidades parroquiales deben contar con el Equipo de Pastoral Vocacional, presidido por el Párroco o Director de Pastoral. Un equipo sencillo, pero que, animado por el celo de suscitar y promover las vocaciones, desarrolle iniciativas, acompañe, siga, llame a los mejores jóvenes, a considerar el inmenso don de ser ministros de Cristo para la salvación de las almas.
Conclusión
Mis queridos hermanos todos:
En esta hermosa mañana de Jueves Santo, en unión con mis hermanos obispos Auxiliares, quiero públicamente expresar de nuevo, nuestro más sincero afecto  y gratitud a todos los queridos sacerdotes del presbiterio de la Iglesia arquidiocesana de Caracas,  diocesanos y religiosos, por la hermosa labor con que cooperan con nuestro ministerio episcopal. ¡Que Dios les pague con creces! Y a Uds., mis amados hermanos, les pido en este momento expresar su afecto y gratitud a  nuestros presbíteros, que van a renovar sus compromisos sacerdotales ante el Señor en esta asamblea eucarística, con un nutrido aplauso.
Continuemos ahora esta hermosa, solemne y festiva celebración de Cristo, sumo y eterno sacerdote, de la Iglesia, de sus Sacramentos, del Sacerdocio ministerial.  Con alegría y decisión asumamos el compromiso de dar testimonio de Cristo con nuestra sólida comunión y la búsqueda permanente y constante de la santidad. Para ello, encomendémonos confiadamente a  la maternal intercesión de nuestra madre amorosa, la Stma. Virgen de Coromoto, madre de Dios y madre nuestra, Amén.
NOTAS:
1) Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, 1.
2) Cfr. Jn 17,21
3) Lc 11,28
4) Hch 1,8
5) Cfr. Mt 16,24-25
6) Mt 26,41
7) Jn  15, 14-15

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