domingo, 25 de febrero de 2007

Familias gays: ¿bombas mata gente?

Ramón Antonio Pérez

Esta es una reflexión en relación a uno de los asuntos más complicados de los últimos días. Con todo el respeto que merecen las personas que estén de acuerdo con la homosexualidad, el lesbianismo y otras prácticas sexuales aberradas, la legalización del matrimonio entre parejas de un mismo sexo, es uno de los temas más perversos que se han promovido al calor de la libérrima cultura postmoderna unida al interés frívolo de algunas organizaciones político-mediáticas. Por un lado, la situación choca contra el concepto tradicional de la familia, y por otro, conlleva a la degradación del homosexual en su esencia de ser humano.
El plus del asunto es que la pretendida legalización de las “relaciones homosexuales”, pudiera conllevar a la destrucción de la familia, tal como argumenta la Iglesia Católica, la institución que con más fuerza y claridad combate a la pretendida legalización. El Cardenal Ratzinger (2003), ahora el Papa Benedicto XVI, expone que el matrimonio es santo, mientras que las relaciones homosexuales contrastan con la ley moral natural. Los actos homosexuales, en efecto, “cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden recibir aprobación en ningún caso”, según expuso en el documento Consideraciones acerca de los proyectos de reconocimiento legal de las uniones entre personas homosexuales.
La base existencial de la familia se encuentra en el amor, entendido este como una relación mutua y fraterna que conlleva a la procreación de futuras generaciones de personas. Los hijos frutos de la unión de un hombre y una mujer son la máxima expresión del amor familiar y surgen de la complementariedad de los dos únicos sexos hasta ahora reconocidos y aceptados por la sociedad: masculino y femenino, vale decir, varón y hembra: hombre y mujer. Y, precisamente, para llevar a cabo una de las tareas fundamentales de la familia como es la procreación, se necesita el complemento de la variedad sexual que se da entre un Hombre (varón) y una Mujer (hembra).
Esas dos condiciones son argumentos válidos para contrarrestar a los promotores del matrimonio homosexual, ya que lo contrario es un ataque directo a la institución familiar. ¿Qué tipos de hijos se van a generar si realmente no existe el papá ni la mamá en el buen término de la palabra de una familia que no es tal? ¿Qué tipos de familias se van a generar? ¿La sociedad familiar estéril? ¿Cómo estará garantizado el futuro de la existencia humana?
El documento expone que “la experiencia, la ausencia de la bipolaridad sexual crea obstáculos al desarrollo normal de los niños eventualmente integrados en estas uniones. A éstos les falta la experiencia de la maternidad o de la paternidad”. Además, la integración de niños en las uniones homosexuales a través de la adopción “significa someterlos de hecho a violencias de distintos órdenes, aprovechándose de la débil condición de los pequeños, para introducirlos en ambientes que no favorecen su pleno desarrollo humano”.
Distintas inquietudes surgen cuando se ve altos funcionarios de Estado dando apoyo a esas perversidades; mientras los periódicos que todos los días se llevan a casa o las plantas de televisión que se mantienen encendidas frente a los niños, difunden imágenes de “varones” besándose en los labios con otros “varones” o “mujeres” con otras “mujeres”; seres de un mismo sexo prometiéndose un amor que únicamente conducirá a su degradación, pues realizarlo de esa manera supone el envilecimiento del término. Por supuesto, llama la atención e impacta leer o escuchar las amarillosas noticias según las cuales un famoso artista o “dignatario” anuncia su “boda” homosexual o heterosexual en procura de vender los derechos de transmisión.
Por otra parte, la situación preocupa por la condición de Ser Humano con Dignidad de la cual está cubierto el hombre íntegramente en sus dimensiones naturales y espirituales, de origen y destino; y por supuesto, los homosexuales, son personas, debe reconocerse, también con dignidad. Ante esa realidad surge una interrogante: ¿Esto no supone entonces un problema para quienes nos ubicamos en contra de la homosexualidad o de la perversidad sexual en su conjunto?
Por supuesto que si. Porque para los creyentes, católicos o de otras confesiones cristianas, la Dignidad Humana se genera en virtud de que el hombre ha sido “Creado a imagen y semejanza de Dios”, es decir, todos los seres humanos son criaturas suyas. Y el homosexual también es un ser creado por Dios, aunque las explicaciones científicas, sociales, psíquicas o psicológicas de su desviada conducta no se alcancen en esta reflexión.
La Iglesia Católica revela su enseñanza y con ella los cristianos están en la obligación de recibir a los hombres y mujeres con tendencias homosexuales “con respeto, compasión y delicadeza; y, evitar con respecto a ellos, “todo signo de discriminación injusta”, debido a que tales personas “están llamadas, como los demás cristianos, a vivir la castidad”. Sin embargo, precisa Bnedicto XVI que la inclinación homosexual es “objetivamente desordenada” y las prácticas homosexuales “son pecados gravemente contrarios a la castidad”.
Pero el debate en boga lleva a cuestionar si con una sumisa aceptación de la legalización de tales relaciones, seguirá teniendo sentido la construcción de una sociedad cada vez más justa, con parámetros de respeto, dignidad, ética y moral según las enseñanzas del sentido común que tradicionalmente la familia ha incorporado a esta. Aceptar que la legalización de matrimonios homosexuales es una realidad así, sin más, es como si la sociedad reconociera su interés en que se le destruya sin levantar una bandera de lucha que ponga límite a tan infausta situación.
No se trata de suprimirle el derecho a un individuo o a una “minoría” de su conjunto. El sujeto y el grupo pueden ser y hacer con su cuerpo lo que quieran. Lo que pasa es que ese cuestionado “derecho” tendrá una repercusión negativa, que seguramente, ni los progenitores de quienes son personas homosexuales así lo desean. Es como si se aceptara que hasta ahora todo lo alcanzado por la humanidad es pura mentira.
En definitiva, ¿cómo entender que una nueva concepción familiar errónea pretenda sustituir a la familia tradicional de la que todos de alguna manera procedemos: papá, mamá e hijos, unidos por lazos consanguíneos y afectivos? Con errores, es cierto. Pero, ¿cómo se van a crear nuevas generaciones de ciudadanos moralmente aptos y dispuestos a seguir avanzando hacia la conquista de mejores niveles de vida, si no es con una familia constituida integralmente? Parece imposible.
Por tanto, todos los cristianos, católicos o no, están llamados al reto de defender la institución familiar en su más elemental concepto. Quedarse callados es entregarse mansamente a las aberraciones que ya están en camino. Por esa vía sólo la destrucción nos espera.

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