"No todo el que me diga: 'Señor, Señor', entrará en el Reino de los Cielos, si no el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos" (Mateo 7,21).
Publicado el 25 de febrero de 2026
Estas palabras de Jesús resuenan con especial fuerza porque en uno de los refugios de Nemesio Rubén Oseguera Cervantes, alias "El Mencho", el narcotraficante abatido el 22 de febrero de 2026, en México, fue encontrado un altar religioso que hacia presumir su fe cristiana, aunque su principal actividad únicamente genera muerte, dolor y dependencia en la sociedad.
La reflexión no solo busca
ser aplicada a otros delincuentes como "El Mencho" que existen en
todas partes, también en quienes disfrazan sus vidas con rostros de
"santidad", con indumentarias y cargos religiosos, pero realmente son
unos lobos rapaces y depredadores. Ojo, no sólo en la Iglesia Católica sino en
otras expresiones sectarias que se dicen "cristianas" y en grupos
ateos.
En este caso, la presencia de
imágenes católicas y oraciones citando los Salmos bíblicos en lugares donde se
planea el dolor nos confronta con una pregunta incómoda: ¿qué tipo de relación
con Dios puede coexistir con la siembra de muerte? Porque ser el jefe de un
cártel que procesa y distribuye drogas es, precisamente, sembrar la muerte,
algo totalmente distinto a la vida que proclama el cristianismo o el
catolicismo.
LA TENTACIÓN DE
INSTRUMENTALIZAR LO SAGRADO
Cuando alguien busca la
bendición divina mientras destruye vidas, no está estableciendo un diálogo con
Dios, sino intentando manipularlo. Es la antigua tentación de creer que podemos
"poner a Dios de nuestro lado" en lugar de reconocer que nosotros
debemos estar del lado de Dios.
La oración sin conversión no
es un puente hacia el cielo, sino un espejismo que calma temporalmente la
conciencia sin transformar el corazón. Como nos recuerda Jesús, invocar su
nombre no basta; lo decisivo es si nuestras acciones reflejan la voluntad del
Padre.
ENTRE LA PIEDAD POPULAR Y LA
SUPERSTICIÓN
La religiosidad del pueblo
frecuentemente busca protección, consuelo y cercanía con lo divino a través de
símbolos y objetos sagrados. Esto, en sí mismo, es parte de una tradición
legítima. Pero cuando esos mismos símbolos son usados como "escudos
mágicos" para proteger actividades que contradicen radicalmente el
Evangelio, se produce una distorsión profunda. Lo que debería ser un
recordatorio del amor de Dios se convierte en un amuleto que pretende blindar
el mal de sus consecuencias.
La fe auténtica no busca
neutralizar la justicia divina, sino acoger la misericordia que transforma.
EL ESCÁNDALO QUE HIERE A LOS
PEQUEÑOS
Estas prácticas no solo dañan
a quien las realiza; también confunden a quienes buscan sinceramente a Dios.
Cuando quienes siembran terror se arrodillan ante las mismas imágenes que
nosotros veneramos, se genera un ruido que dificulta escuchar la voz del Buen
Pastor.
Es comprensible que muchos se
pregunten: ¿entonces esa fe no significa nada? Por eso Jesús insistió tanto en
el fruto como prueba del árbol. La coherencia entre la fe profesada y la vida
vivida es el testimonio más elocuente, y su ausencia, el más doloroso de los
escándalos.
LA MISERICORDIA NO ES
COMPLICIDAD
Un aspecto adicional que
merece reflexión es la confusión entre la misericordia divina -siempre
disponible para el pecador arrepentido- y una supuesta "comprensión"
de Dios hacia cualquier estilo de vida.
La misericordia de Dios es
real y más grande que todos nuestros pecados, pero precisamente por eso nos
invita a salir de la espiral del mal, no a instalarnos cómodamente en ella
pidiendo bendiciones para continuar.
Dios ama al pecador, pero
odia el pecado que destruye a sus hijos; su misericordia busca liberarnos, no
protegernos en nuestra esclavitud.
La fe no es un seguro de vida
para quien siembra muerte, sino una llamada apremiante a la conversión para
todos.
Ante estas imágenes, más que
escandalizarnos por la hipocresía ajena -que siempre existirá- quizá deberíamos
preguntarnos: ¿en qué momentos de nuestra vida cotidiana corremos el riesgo de
invocar a Dios sin hacer su voluntad? ¿Dónde necesitamos permitir que nuestra
fe deje de ser un adorno o un amuleto para convertirse en una fuerza
transformadora que nos acerque auténticamente al Padre?
La verdadera fe no nos
protege del juicio de Dios, sino que nos prepara para encontrarnos con su amor.
Y ese encuentro, cuando es auténtico, siempre nos hace más humanos, más justos
y más pacíficos.
Trabajo publicado también en:
Periódico
La Sagrada Familia de México


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