El padre Teodoro Sosa y su testimonio de fe que conmovió durante la pandemia del COVID


Hace seis años, mientras el mundo y Venezuela se paralizaban por la pandemia del COVID-19, el padre Teodoro Ubaldo Sosa Pérez convertía el frente de su parroquia en un altar abierto a sus vecinos. Este artículo es un recordatorio agradecido de aquel gesto profético de oración, que en medio del miedo supo recordarnos que la fe es un faro que nunca se apaga.

Ramón Antonio Pérez | El Guardián Católico
Publicado el 22 de marzo de 2026

Cuando el silencio del confinamiento se hizo dueño de las calles, la voz de la oración se alzó desde el frente de una iglesia parroquial en Venezuela. Corría el mes de marzo de 2020 y el mundo entero contenía el aliento ante la embestida de la pandemia del coronavirus.

En medio de aquella incertidumbre, el padre Teodoro Sosa, párroco de “Sagrado Corazón de Jesús, en la urbanización “Doña Menca de Leoni” (Guarenas), eligió no replegarse en la soledad del templo, sino salir al encuentro de su comunidad desde el lugar más visible: el frontal de su templo parroquial. 

Lo que comenzó el 19 de marzo, solemnidad de San José, como un acto de unión a la Jornada de Oración convocada por la Conferencia Episcopal Venezolana, se transformó en un retiro espiritual público que marcaría la memoria de una ciudad de la Diócesis de Guarenas.


Acompañado primero por la imagen de San José, el padre putativo de Jesús, y al día siguiente por la del Nazareno, el padre Teodoro ofreció una cátedra de valentía pastoral: rezar a la vista de todos, no para ser visto, sino para que todos nos sintiéramos vistos por Dios.

En medio de aquellas jornadas, el sacerdote explicó al periodista el sentido profundo de su gesto. Sus palabras, dichas con la serenidad de quien se sabe sostenido por la fe, resumen mejor que ninguna crónica el espíritu de aquellos días:

Aquí he estado realizando una adoración especial al Señor, la cual será hasta que Dios lo quiera. Saldré todas las mañanas a exponer el Santísimo a la vista de mis vecinos para que ellos también sientan la cercanía de Jesús que no nos abandona. Estamos en un momento para fortalecer las familias o iglesias domésticas en medio de esta pandemia que sufre Venezuela y el mundo.

ASÍ ERA LA JORNADA DEL PADRE TEODORO DURANTE LA PANDEMIA

Sobran las expresiones para describir la experiencia que este sacerdote vivió a la vista de sus feligreses, que desde los balcones de la comunidad le seguían diariamente con la mirada y el corazón. Era un retiro sencillo, pero de intensa oración, con una rutina cumplida al pie de la letra.

La jornada se desplegaba con una cadencia que envolvía todo el día. Por la mañana, el padre Teodoro entronizaba el Santísimo Sacramento, que permanecía expuesto durante todo el día. En ese espacio de tiempo, rezaba y dejaba escuchar música religiosa, sin mayor estridencia, creando un clima de recogimiento que se extendía por el silencio que entonces reinaba en el vecindario. 

Al mediodía correspondía realizar el rezo del Ángelus, que venía a convertirse en un momento de cercanía pastoral. Así aprovechaba para compartir reflexiones sobre la vida familiar, la educación de los hijos, la importancia del trabajo y otros temas propios de la comunidad.

A las tres de la tarde encabezaba el rezo de la Coronilla de la Divina Misericordia, una de las prácticas cristianas más difundidas en los últimos tiempos. Posteriormente, guiaba el Santo Rosario, cuyos misterios iba desgranando precedidos de peticiones por la salud de todos.

A las cinco de la tarde celebraba la Santa Misa, ocasión en la que predicaba de acuerdo con el evangelio del día, manteniendo viva la presencia eucarística en medio del confinamiento.

Hacia las diez de la noche, cerraba la jornada con oraciones al Santísimo, entre ellas la Consagración de Venezuela a Jesús Sacramentado, cuyo video se puede observar en El Guardián Católico.

Al finalizar elevaba la custodia para bendecir a los vecinos hasta el día siguiente. Un sencillo “Buenas noches, Dios los bendiga” sellaba cada día aquel retiro a cielo abierto.

La oración del padre Teodoro no conocía fronteras. Su intercesión abrazaba a los enfermos, al personal médico que batallaba en primera línea, a los sacerdotes caídos en Italia y otros países como mártires de la caridad pastoral, y a naciones enteras como España, duramente golpeadas por la tragedia. En su voz se hacían presentes todos los que sufrían, todos los que temían, todos los que lloraban en silencio.

HASTA QUE DIOS QUIERA

Hoy, al recordar aquel marzo de 2020, es imposible no hacerlo con gratitud. El padre Teodoro no solo ofrecía una imagen piadosa; también devolvía la certeza de que la Iglesia no se clausura, sino que se hace tienda de campaña en medio del dolor. “Seguiré en esta actitud de oración hasta que la voluntad de Dios así lo quiera”, había dicho entonces con la firmeza de quien confía plenamente en la Providencia.

A cinco años de distancia, este gesto se erige como un faro. En un tiempo de zozobra, el padre Teodoro Sosa enseñó que el pastor no huye del lobo, sino que desde su lugar —literal y simbólicamente— convoca a su rebaño a la confianza. 

Por ese testimonio de entrega, por haber hecho del pórtico de su templo un Sagrario y de su voz una oración colectiva, le damos gracias a Dios y le reconocemos a él nuestro agradecimiento eterno.






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