Dos Papas, dos fotos y un mismo guion para la santurronería política de Venezuela

La política venezolana tiene sus estudios fotográficos favoritos en los jardines, plazas y oficinas del Vaticano. Cualquier locacion en la Santa Sede tiene por intención dar cuenta al Papa de turno y al mundo lo que harán con su bendición en el país suramericano: un carajo.

Ramón Antonio Pérez| El Guardián Católico 
Publicado el 12 de enero de 2026 

El 17 de junio de 2013, la instantánea fue muy formal, de velo negro, besamanos y demás. Cilia Flores, en un arrebato de santurronería estratégica, besaba la mano del Papa Francisco mientras Nicolás Maduro le regalaba una estatuilla del Doctor José Gregorio Hernández y un fajo de "firmas del pueblo para la beatificación" del Médico de los pobres, como si de monedas para el cielo se tratara.

Era un buen día para el “turismo religioso” de un régimen ilegítimo, desesperado por un barniz de santidad para que más adelante la jerarquía de Francisco blanqueara la miseria y la triste realidad que iba a generar en el país. 

Lo que llegó después de esas bendiciones fue el sepulcral silencio -con muy pocas excepciones- ante miles de personas asesinadas extrajudicialmente, presos políticos, hambruna interminable, fallecimientos por enfermedades crónicas o por no hallar medicamentos y más de ocho millones de venezolanos en la diáspora más numerosa y sufrida que recuerde la historia humana.

El 12 de enero de 2026, la postal se repite, pero con un filtro opuesto que al autor causa dudas. 

María Corina Machado, vestida de negro aunque sin el tradicional velo y cargada de serena alegría, recibe el saludo del nuevo Papa, León XIV, quien todavía no llega al año de su pontificado.

No se presentaron imágenes del beso al Anillo del Pescador, sino una reverencia pulcra y un mensaje que a la hora de escribir estas líneas es desconocido por tirios y troyanos. Aunque todavía no es gobierno, el interés de ejercerlo en un tiempo también es desconocido, por eso busca en la bendición papal la legitimidad que algunos dicen ya se ganó en el terreno político. 

En los tiempos de Maduro fue la consagración del poder; hoy es la canonización de la alternativa, porque ella está a las puertas de otro encuentro político crucial (jueves 15 de enero de 2026) esta vez con el nuevo autoproclamado "Presidente Interino de Venezuela", el catire Donald Trump.

La sátira estalla al yuxtaponer ambas imágenes. ¿Qué diferencia el ardor beato de Cilia -hoy en día en una cárcel de New York tras ser capturada junto a Maduro por el gobierno de Estados Unidos acusados de narcotráfico- de la compostura piadosa de María Corina? 

La respuesta sería "mucho y nada" para no dejar el escrito con un solo lado, con los alimentados del odio, del miedo y la miseria. En su descargo, falta por ver los resultados de un supuesto gobierno que ejercería luego de pasar por una "Transición" (¡Ah, malaya con esta bendita palabra!) bien extraña, peligrosa y además símbolo de la corrupción en Venezuela.

Ambos gestos son performances del mismo manual desesperado: cuando la credibilidad parece evaporarse, se peregrina a la Santa Sede para alquilar, por veinte minutos, una pátina de autoridad moral milenaria y reclamar -mejor dicho, comprar- las fotos con el Papa de turno. 

El Vaticano, con la paciencia de quien ha visto imperios caer, sirve de plató neutral para este reality show de fe en gran medida oportunista. 

Lo que viene no es conocido por los simples mortales que imaginan un mundo sin demagogia, sino al tiempo por la cantidad de pobres que van quedando en el camino; por los bolsillos repletos de dinero de unos pocos que hacen de la política, de la fe y el poder, un verdadero negocio.

El país no necesita más fotos de políticos agarrándose de hombres con sotanas, sino menos actores en este drama cíclico donde la santurronería es el arte político mejor afinado. El rating, eso sí, sigue siendo alto.



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