sábado, 23 de julio de 2016

¡Nuevos Clérigos para Caracas! Cardenal Urosa: “El sacerdote debe ser otro Cristo"


Durante la consagración de siete nuevos sacerdotes, motivó al clero a “llevar el consuelo, la luz y el amor de Dios a tanta gente triste, confundida, amargada, y darles así una razón para vivir”

Ramón Antonio Pérez // @GuardianCatolic
CARACAS, 23 de JULIO de 2016

El llamado del Señor a ser misericordiosos, reiterado este año por el Papa Francisco, debe marcar nuestra existencia sacerdotal. Porque el sacerdote está configurado a Cristo buen pastor, que da la vida por sus ovejas”.

De esta manera se pronunció el cardenal Jorge Urosa Savino, el sábado 23 de julio, al consagrar a siete nuevos sacerdotes para iglesia de Caracas, durante una ceremonia que presidió en el templo “Nuestra Señora de Chiquinquirá”, en La Florida, Caracas.


Los nuevos sacerdotes consagrados son Luis Aldama,  Miguel Galdámez, Jesús Godoy, José Luis Irazu, Alexander Morales, Ronny Pérez y Rolando Rojas, a quienes el arzobispo de Caracas, les recordó: “el sacerdote no es un funcionario, no es un activista social, no es un promotor comunitario. Es mucho más que eso”.

Según explicó Urosa: “El sacerdotes es otro Cristo”, porque está marcado por el sello del Espíritu Santo que lo configura y lo hace semejante a Cristo sacerdote que dio su vida para la salvación del mundo. “Por eso es tan grande y hermoso el sacerdocio cristiano. Por eso vale la pena ser sacerdote”, acotó el Purpurado de Venezuela.

Durante la ceremonia el Cardenal estuvo acompañado de sus obispos auxiliares, monseñores Jesús González de Zárate, Tulio Luis Ramírez Padilla, José Trinidad Fernández, Enrique José Parravano Marino y Nicolás Bermúdez Villamizar (Emérito).


Igualmente asistieron los rectores de los seminarios “Santa Rosa de Lima” y “Redemptoris Mater”, presbíteros Francisco Morales y César Hernández, respectivamente, así como una buena representación del clero caraqueño.


José Luis Irazu pronunció las palabras de agradecimiento en nombre de sus compañeros y dijo que estos nuevos sacerdotes están dispuestos “a ponerse al servicio de los demás como buenos administradoras de la misericordia y gracia de Dios”.

A continuación el mensaje íntegro del Arzobispo de Caracas:


“FELICES LOS MISERICORDIOSOS”

Homilía en la ordenación presbiteral de los Diáconos Luis A.  Aldama, Miguel D. Galdámez, Jesús Godoy, José Luis Irazu, Alexander Morales, Ronny Pérez Robles y Rolando Rojas; Iglesia de N. Sra. de Chiquinquirá, 23 de julio de 2016,

+Jorge Urosa Savino, Cardenal Arzobispo de Caracas

“Felices los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”
(Mt 5,7)

Hoy los católicos de Caracas estamos de fiesta. Damos gracias a Dios porque siete  hermanos nuestros, luego de larga preparación, movidos por su amor a Dios y a su pueblo santo, han venido aquí decididos a entregarse al Señor para toda la vida como presbíteros de la Iglesia, como ministros del Altar.

SACERDOTES MISERICORDIOSOS COMO EL PADRE

Realizamos esta sagrada y solemne ceremonia en el año de la Misericordia. El Papa Francisco invitó a la Iglesia, a cada uno de los católicos, a considerar durante este año la inmensa misericordia de Dios para que valoremos cada vez más la grandeza de la bondad misericordiosa de Dios, manifestada sobre todo en Jesucristo, nuestro Divino salvador, el Buen Pastor, sumo y eterno sacerdote de la redención. Los invito, pues, queridos hermanos a dar gracias a Dios por su amor misericordioso, pues por su misericordia hemos recibido el don de la fe y el bautismo, tenemos la redención y el perdón de nuestros pecados, somos parte de su pueblo santo y gozamos de la presencia viva del Espíritu en nuestro cuerpo y alma, pues somos templos vivos del Señor. Demos, pues, gracias a Dios. ¡Gracias, Señor, gracias!

Pero además, queridos hermanos, el Papa nos invita a todos a ser misericordiosos como el Padre, es decir, a acercarnos con amor, con bondad, solidaridad y clemencia a nuestros hermanos, especialmente a los más necesitados. Al respecto,  en esta celebración hemos escuchado el bellísimo texto de las Bienaventuranzas (Mt 5, 1-12), que son el programa de vida  del cristiano. Jesús,  al iniciar su predicación, nos señaló el camino  hacia la felicidad, que es el camino de la fe y del amor, de la entrega a Jesús y a nuestros hermanos. Y en ese programa, en ese camino tiene un lugar muy importante una enseñanza, que es a la vez una promesa y una exigencia: “Felices los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5,7). Es una exigencia, pues el Señor nos marca el camino del discípulo; y es una promesa, porque el Señor nos promete la felicidad a quienes practiquemos la misericordia. Este mandato y promesa están dirigidos, sin duda a todos los cristianos, discípulos del Señor. Pero de manera particular a quienes, como nuestros siete diáconos, han querido consagrarse al servicio de Dios y de su pueblo santo, de la Iglesia.

Mis queridos ordenandos y muy queridos hermanos obispos y sacerdotes:

El llamado del Señor a ser misericordiosos, reiterado este año por el Papa Francisco, debe marcar nuestra existencia sacerdotal. Porque el sacerdote está configurado a Cristo buen pastor, que da la vida por sus ovejas (Jn 10,11). El sacerdote no es un funcionario, no es un activista social, no es un promotor comunitario. Es mucho más que eso: el sacerdote es otro Cristo, está marcado por el sello del Espíritu Santo que lo configura, lo hace semejante a Cristo sacerdote, que dio su vida para la salvación del mundo. Por eso es tan grande y hermoso el sacerdocio cristiano. Por eso vale la pena ser sacerdote.

Y por esa razón, por estar configurados a Cristo, rostro de la misericordia del Padre,  los sacerdotes estamos llamados a ejercer la misericordia de Dios, de manera especial, en la práctica de las obras espirituales de misericordia, es decir, de la acción pastoral y religiosa de la salvación, del llamado a los hombres a la conversión. Nuestra misericordia, debe manifestarse sin duda en la caridad viva hacia los pobres, en las obras corporales de misericordia. La Iglesia en Caracas tiene muchas obras de acción social. Y es preciso que, como ya lo hemos indicado, en cada Parroquia, en cada unidad de acción pastoral creemos una nueva obra o fortalezcamos las que ya tenemos al servicio de nuestros hermanos, especialmente en esta situación terrible de escasez y carestía de alimentos  medicinas. Pero, además de las obras de acción social, nuestra misericordia sacerdotal  debe manifestarse, sobre todo, en la acción religiosa, de santificación, de evangelización, de enseñanza de la esplendorosa verdad de Cristo. Porque “el sacerdote debe ser una persona animada por un intenso celo apostólico, un intenso ardor pastoral, que lo lleve a realizar granes tareas pastorales por la salvación de las almas (Cardenal Urosa, Homilía en la Misa Crismal de 2016).

LA BELLEZA DE LA VIDA SACERDOTAL

Queridos ordenandos: Recuerden siempre que la mayor obra de misericordia que podemos hacer a alguien es ayudarlo a encontrarse con Dios. Por eso la vida y el ministerio  sacerdotal son tan hermosos, pues el sacerdocio es un ejercicio permanente de la misericordia salvífica del Señor para con la humanidad necesitada de Dios.

Ser sacerdote es algo grande y vale la pena, porque el sacerdote está todo él identificado ontológicamente  a Jesús, y por eso está llamado a vivir como El, a tener sus  mismos sentimientos, a dar su vida todos los días por el pueblo de Dios, a ofrecerse con Jesús en la Eucaristía. Recordemos las palabras de San Pablo en la carta a los filipenses: “Tengan Ustedes los mismos sentimientos de Cristo, el cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo, tomando la condición de siervo…  y se entregó hasta la muerte, y una muerte de cruz” (Fil 2, 5-8).

El sacerdocio de Cristo, mis queridos hermanos, es la ofrenda religiosa, amorosa, de su vida por la salvación del mundo. Es bueno recordar que así lo enseña San Juan Evangelista, al citar a Caifás cuando exigía la muerte de Cristo: “Es mejor que muera uno solo por el pueblo y no que perezca toda la nación. Esto no lo dijo por su propia cuenta sino que, como era Sumo Sacerdote, profetizó que Jesús iba a morir por la nación – y no solo por la nación, sino también para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos” (Jn 11, 50-52). Y por ello, nuestro sacerdocio ministerial confiado por Cristo a los Apóstoles y a sus sucesores, los obispos, y a través de ellos a los presbíteros, es también entrega, oblación amorosa, vital, alegre y confiada de nuestras vidas en sacrificio, en ofrenda religiosa y sacrificial a Dios nuestro Padre amoroso por la salvación del mundo.

Y toda la existencia del buen y auténtico sacerdote está dedicada a hacer el bien, a santificar al pueblo, a manifestar la esplendorosa verdad del Evangelio, a llevar el consuelo la luz y el amor de Dios a tanta gente triste, confundida, amargada, y darles así una razón para vivir y para esterar, y ayudarlos a unirse a Jesús para alcanzar así la felicidad en esta vida y en la vida eterna. Por eso es tan bella la vida sacerdotal, la vida del sacerdote diocesano.

El sacerdote diocesano, consagrado al servicio de una Iglesia local, unido en torno a su Obispos, está llamado a vivir configurado plenamente al Señor Jesucristo en una espiritualidad, propia,  cuyas líneas principales son, como nos enseña el Concilio Plenario de Venezuela,  en el Documento “Obispos, presbíteros y Diáconos al servicio de una Iglesia en Comunión”, “la identificación  personal con Jesús, sumo sacerdote y Buen Pastor, vivencia intensa de la caridad pastoral, y servicio e identificación con una Iglesia local” (81). Practicar esas virtudes, tener esas actitudes, es la clave para alcanzar la santidad y la felicidad en nuestra vida sacerdotal y por toda la eternidad.

Hoy, mis queridos hermanos, recordamos estas verdades sobre el sacerdocio cristiano para sentir  y apreciar, con el pueblo católico venezolano, la presencia de Dios en el sacerdote. Y nosotros, los presbíteros y obispos que participamos en esta solemne ceremonia, tenemos en estos momentos una feliz oportunidad para valorar más todavía nuestra sagrada vocación, y sentirnos felices y agradecidos por haber sido invitados a hacer presente a Jesús en medio de nuestro pueblo, especialmente en estos tiempos tan difíciles en que nos encontramos.

CONCLUSION

Queridos hermanos Diáconos

Vamos ahora a continuar el sagrado rito de ordenación.  Los invito, pues, a ponerse en manos de Dios y a querer configurarse, ontológica y existencialmente a Jesús, Buen Pastor, Sumo y Eterno Sacerdote.  Los invito  a  intensificar todos los días su unión con Jesús, nuestro amigo y maestro, “el camino, la verdad y la vida”. Y a unirse filialmente con la Santísima Virgen María, nuestra amorosa madre celestial. Pónganse en sus manos e imítenla en su amor y entrega total Jesús, cumpliendo siempre como ella la Palabra de Dios  (Lc 1,38), y acudan a ella confiadamente en todo momento, especialmente en las horas difíciles del cansancio o de la tentación, cualquiera que esta sea
Mis queridos hermanos todos:
Bendigamos al Señor que nos ha concedido estos siete nuevos presbíteros al servicio de nuestra querida Iglesia de Caracas. Oremos por ellos para que sean fieles y siendo fieles, sean felices. Oremos con fervor siempre en todas nuestras celebraciones, en el Rosario, en la oración personal, por el aumento de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, que es la principal necesidad de nuestra Iglesia de Caracas. Y que el Señor nos lleve por el camino de la felicidad, que es el camino de la fe, de la esperanza y del amor misericordioso.

Amén.







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