lunes, 14 de abril de 2014

Obispo de San Cristóbal bendice las palmas en “Barrio Guzmán”



Durante la misa del Domingo de Ramos, Monseñor Mario Moronta recordó que aclamamos a Jesucristo como el verdadero Rey. “En estos tiempos, entonces, las palmas que se emplearán son las mismas acciones de los evangelizadores, sobre todo sus obras de caridad y de justicia, así como su actitud de santidad”, dijo Monseñor Moronta.

San Cristóbal 14 de abril de 2014.- Para celebrar el Domingo de Ramos, vecinos del Barrio Guzmán Blanco y otras comunidades se reunieron en la cancha del sector para la bendición de las palmas que presidió el Obispo de San Cristóbal, Monseñor Mario Moronta, y posteriormente salir en procesión hacia la Iglesia Catedral donde se celebró la Eucaristía.

“Al inicio de la celebración hemos bendecidos los ramos y con ellos en nuestras manos, aclamando al Señor Jesús, hemos hecho una peregrinación hasta el templo. Así, recordamos la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén. A lo largo del camino, como nos o recuerdan los evangelistas, el pueblo sencillo que sabía reconocer la figura de Jesús, le recibió con cantos de alabanza y con el reconocimiento cual Mesías. Jesús entre en Jerusalén para culminar su obra y para instaurar su reino de salvación”, expresó el Obispo en su homilía.

En la reflexión el Prelado indicó que esta celebración “además de introducirnos en el clima de la semana mayor, nos permite, entre otras cosas, pensar y asumir dos compromisos o responsabilidades. Una primera es la de aclamarlo como el verdadero Rey, lo que conlleva una opción de fe. Y la segunda, hacer de esa fe y opción por Cristo un acto continuo de evangelización”.

En cuanto a acto de evangelización de la Iglesia, monseñor Moronta identificó dos elementos: “uno de ellos es la alegría y el reconocimiento por parte de todos hacia Jesús. La gente lo reconoce y lo proclama rey. Es decir, anuncia que ciertamente es el Mesías. Aunque le duela a los potentados del pueblo de Israel. El otro elemento lo encontramos en el empleo de los tapetes, de las túnicas y de los adornos que le colocaban a lo largo del camino hacia la ciudad santa. Es el símbolo de la preparación del camino del Señor para que sea aceptado por todos. La misma gente lo hace con lo que le pertenece: no está esperando ayudas externas. Con su misma alegría preparan, allanan el camino y hace que entre gloriosamente a Jerusalén”.


 El Obispo diocesano invitó a los fieles a colocar las palmas en un lugar visible de las casa, no como superstición, sino como signo visible de nuestro reconocimiento del Jesucristo como salvador. 

También invitó el Obispo del Táchira participar de la “Jornada de Confesiones” que se realizará este Lunes Santo en la catedral de San Cristóbal desde las ocho de la mañana, y durante todo el día para quienes quieran reconciliarse con Dios a través de este sacramento. De igual manera invitó a participar del “Viacrucis de la Ciudad de San Cristóbal” que se efectuará el Martes Santo, comenzado a las dos de la tarde desde la Iglesia El Ángel, en Barrio Obrero, hasta la Catedral de San Cristóbal para concluir con la celebración de la misa.


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Homilía Domingo de Ramos
+ Mons. Mario Moronta
Obispo de San Cristóbal

Comenzamos la Semana Santa con la solemnidad del Domingo de Ramos. Al inicio de la celebración hemos bendecidos los ramos y con ellos en nuestras manos, aclamando al Señor Jesús, hemos hecho una peregrinación hasta el templo. Así, recordamos la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén. A lo largo del camino, como nos o recuerdan los evangelistas, el pueblo sencillo que sabía reconocer la figura de Jesús, le recibió con cantos de alabanza y con el reconocimiento cual Mesías. Jesús entre en Jerusalén para culminar su obra y para instaurar su reino de salvación.

El reino de Jesús es muy diverso al de los potentados de la tierra. Al igual que treinta y tres años atrás, cuando Herodes se asustó por la visita e interrogante de los magos venidos de oriente, los jefes del pueblo terminan por alarmarse con las aclamaciones del pueblo al ingreso de Jesús en Jerusalén. Unos años antes, Herodes mandó a matar a los inocentes para eliminar cualquier rey que pudiera haber nacido en Belén. Ahora deciden prenderlo y condenarlo a muerte a Él. Ya no hay que arriesgarse con los inocentes, porque está en medio de ellos.

Esta celebración, además de introducirnos en el clima de la semana mayor, nos permite, entre otras cosas, pensar y asumir dos compromisos o responsabilidades. Una primera es la de aclamarlo como el verdadero Rey, lo que conlleva una opción de fe. Y la segunda, hacer de esa fe y opción por Cristo un acto continuo de evangelización.

La evangelización es la misión continua de la Iglesia. No es un acto coyuntural, sino que es la Misión Permanente de la Iglesia. Para que sea eficaz, con la ayuda del Espíritu de Dios, lo que hemos de hacer es anunciar el Evangelio de la salvación: con las palabras, con el ejemplo de vida, con las acciones de nuestra conducta y con las realizaciones pastorales de la Iglesia. Podríamos identificar esta acción con dos elementos presentes en el relato de la entrada triunfal de Jerusalén: uno de ellos es la alegría y el reconocimiento por parte de todos hacia Jesús. La gente lo reconoce y lo proclama rey. Es decir, anuncia que ciertamente es el Mesías. Aunque le duela a los potentados del pueblo de Israel. El otro elemento lo encontramos en el empleo de los tapetes, de las túnicas y de los adornos que le colocaban a lo largo del camino hacia la ciudad santa. Es el símbolo de la preparación del camino del Señor para que sea aceptado por todos. La misma gente lo hace con lo que le pertenece: no está esperando ayudas externas. Con su misma alegría preparan, allanan el camino y hace que entre gloriosamente a Jerusalén. Así es la evangelización: la Iglesia con todos sus miembros se vale de todos los medios posibles para hacer que el señor ingrese en las comunidades, instituciones y personas a quienes dirige su mensaje. No lo hace porque haya que hacerlo, sino porque está convencida de su Misión.

Esto mismo exige de cada uno de los miembros de la Iglesia, discípulo-misionero de Jesús y, por tanto evangelizador, manifestar la opción de fe en el Señor. Es el testimonio. En estos tiempos, entonces, las palmas que se emplearán son las mismas acciones de los evangelizadores, sobre todo sus obras de caridad y de justicia, así como su actitud de santidad. Los gritos y cantos serán sus propias personas con las que la gente va a ir descubriendo que se aclama así al Señor. Y se aclama de tal manera, desde la fe, que todo lo que un discípulo-misionero de Jesús realiza lo hace para anunciar a Cristo. Todo creyente en Cristo Jesús es, ante todo, un anuncio vivo y personal del Mesías Redentor. Así, el testimonio de vida no sólo adquiere un sentido, sino que se convierte en anuncio profético a lo largo del tiempo de la obra redentora del auténtico Rey, Jesús.

Las palmas bendecidas y con las que participamos en esta celebración no son una especie de amuleto que nos van a proteger de males o de calamidades. Más bien, con esas palmas estamos diciéndole también a Jesús Ven, Señor, entra en nuestra ciudad, en nuestro barrio, en nuestra aldea, en nuestros hogares, en nuestras instituciones. Con esas palmas estamos demostrando de manera pública que hemos tomado la decisión de seguir a Jesús. Buscar la palma, tomarla, sostenerla en la mano y ponerla luego en un lugar visible de la casa es decidirse a abrirle la puerta del Evangelio, es un signo de nuestra voluntad de recibir a Dios en nuestros hermanos cada día y mediante gestos concretos de caridad…

Por eso, al iniciarse la semana santa, las palmas son como una señal de nuestra aceptación de que la Misión de Jesús, que lo llevará a la Cruz y a la Resurrección, constituye el centro de nuestra vida. De allí que, fortaleciendo nuestra fe y nuestra existencia cristiana, podamos conmemorar la Pasión del Señor y reafirmar que somos discípulos de Jesús. Dentro de una semana, las palmas se cambiarán por cirios que harán brillar la luz del resucitado. Así, las aclamaciones de hoy se transformarán en los exultantes cantos de un aleluya que reconoce al Salvador. Las palmas de hoy y los cirios de mañana expresan, con sus propias características, que somos los que anunciamos y proclamamos que Jesucristo es el auténtico Rey, el que da la salvación y el que nos ha convertido en hijos de Dios Padre, nuevas criaturas. El Hosanna de hoy y el Aleluya del próximo domingo tienen el mismo fin: Aclamar al Rey de la Gloria.


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