sábado, 26 de diciembre de 2009

Cardenal Urosa: “Caldera fue siempre un hijo fiel de la Iglesia”

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El Papa Benedicto XVI había enviado sus condolencias a la familia del ex presidente Caldera, describiéndole como un "hombre de profunda fe y amor a la Iglesia"; por su parte, el Cardenal Urosa expresó que "fue durante toda su existencia un hombre de fe viva y de práctica religiosa"


Ramón Antonio Pérez

Caracas, 26 de diciembre de 2009.- El Cardenal Jorge Urosa Savino, Arzobispo de Caracas, presidió este sábado la misa por el descanso eterno del Doctor Rafael Caldera ex presidente de la República de Venezuela, en la Iglesia “El Buen Pastor”, ubicada en la urbanización Boleíta Norte, de esta ciudad. El ex presidente Caldera, fue sepultado durante una ceremonia de familiares y amigos que despidieron a quien muchos consideran el último estadista de Venezuela. Entre los asistentes estuvieron el ex presidente de Colombia Andrés Pastrana y el primer ministro de Aruba, Nelson Oduber.
Caldera falleció en la madrugada del jueves a los 93 años, tras padecer el Mal de Parkinson, y a la vispera de su entierro se publicó un documento redactado antes de su muerte en el que calificó al gobierno de Chávez como una "autocracia ineficiente", y además, pidió perdón "a todo aquel a quien haya causado daño", según dijeron las agencias de noticia.
Este Venezolano gobernó el país en dos ocasiones (1969-1974 y 1994-1999); fundó el partido social cristiano Copei en 1946 y forjó el famoso "Pacto de Punto Fijo" que le dio gobernabilidad a Venezuela desde 1958 tras la caída del dictador Marcos Pérez Jiménez. A pesar de esto fue sepultado sin los honores de jefe de Estado por decisión de su familia, luego de comunicárselo a Chávez tras recibir sus palabras de pésame.
El Papa Benedicto XVI había enviado sus condolencias a la familia del ex presidente Caldera, y en la misiva difundida por la prensa le describe como un "hombre de profunda fe y amor a la Iglesia". A continuación las palabras del Cardenal Urosa:
EL QUE CREE EN MÍ, AUNQUE HAYA MUERTO VIVIRÁ” (Jo 11,25)
Homilía en la Misa exequial del Dr. Rafael Caldera, ex Presidente de Venezuela,

26 de diciembre de 2009, +Jorge Urosa Savino, Cardenal Arzobispo de Caracas

Queridos amigos y amigas, hermanos en Nuestro Señor Jesucristo:

Con vivos sentimientos de profunda fe en Cristo resucitado, estamos celebrando esta Santa Eucaristía por el eterno descanso del alma del Dr. Rafael Antonio Caldera Rodríguez, ex Presidente de la República. Además del afecto por este insigne venezolano, nos congregan aquí la fe y la esperanza en la resurrección de los muertos, la fe en el inmenso amor de Dios manifestado en Cristo, que nació en Belén para ser nuestro redentor por su pasión y muerte en la cruz, y para abrirnos con su resurrección las puertas del cielo.

CREEMOS EN CISTO RESUCITADO
Acabamos de escuchar el bellísimo diálogo entre Jesús y María, en el cual quiero destacar estas alentadoras palabras: El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá (Jo 11,25).
Mis queridos hermanos: la muerte es algo ineludible para todo ser humano, inclusive para personas que, como el Dr. Caldera, hayan ocupado cargos y posiciones de la mayor relevancia en la historia y en el mundo. La existencia humana es un viaje dramático a través del tiempo, cargado de dificultades, problemas, tragedias, y marcado siempre por las consecuencias del pecado original, entre ellas, la presencia del mal, y la ineludible coyuntura de la muerte de cada persona.
Por ello es tan relevante, tan hermosa, tan alentadora, la conmemoración del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, que estamos celebrando en estos mismos días. Porque aquel Niño que nació en Belén es el Dios humanado, el Verbo eterno de Dios hecho hombre, para nuestra salvación. El vino al mundo para derrotar al reino de mal, para romper las cadenas del pecado, para vencer la muerte con su muerte y resurrección, para abrirnos a todos nosotros el horizonte de la eternidad. Su reino no tendrá fin. Y El nos invita a cada uno de nosotros, a todos los seres humanos, a formar parte de su reino de la verdad y de la vida, de la santidad y la gracia, de justicia, de amor y de paz.
Precisamente ese horizonte, real, cierto, auténtico, es el que Jesús presenta a quienes creemos en El: “todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre”. Poco después de haber dicho esas palabras, Jesús las confirmó con los hechos. El, que había dicho: “yo soy la resurrección y la vida”, momentos más tarde, ante el sepulcro de Lázaro, con voz potente exclamó: “Lázaro, sal fuera”, y lo revivió, para reintegrarlo al calor de su familia.

ORAMOS POR EL PRESIDENTE CALDERA
Creemos en Cristo resucitado; creemos en la resurrección de los muertos. A la luz de estas verdades de nuestra luminosa fe cristiana, estamos orando con afecto en esta sagrada celebración religiosa por el eterno descanso de ese gran venezolano que fue el Presidente Rafael Caldera. Lo hacemos porque sabemos que Dios nos ha creado para vivir para siempre, y lo llamó a ser parte de su reino incorporado a la Santa Iglesia Católica a través de la fe y del bautismo.
Oramos por su eterno descanso, para que el Señor, perdonada la pena temporal en que haya podido incurrir por la fragilidad de nuestra naturaleza humana, lo lleve a gozar para siempre de su compañía, en unión de María santísima y de los ángeles y santos por siempre. Confiamos en la infinita misericordia de Dios, en su inmenso amor, en su bondad. Y oramos confiadamente también porque sabemos de la autenticidad de la fe del Dr. Caldera en Jesucristo, de su confianza en la Divina Providencia, que invocaba y recordaba con frecuencia; porque sabemos de su vida recta, honesta y virtuosa a lo largo de toda su existencia.
Sabemos que él fue siempre un hijo fiel de la Iglesia. Muy joven se incorporó a las filas de la Juventud Católica, y fue durante toda su existencia un hombre de fe viva y de práctica religiosa. Pero además, fue un hombre coherente con esa fe que lo animaba, y que le hacía mantener la serenidad y la entereza en momentos muy difíciles, así como sufrir los embates de su enfermedad en los últimos años con una actitud paciente, con fortaleza y entrega a la voluntad de Dios.
No me corresponde a mí en este solemne acto religioso trazar las líneas de la extensa y fecunda existencia del Dr. Rafael Caldera, y mucho menos analizar su actuación política. Pero sí debo, por su importancia para la paz de Venezuela, resaltar su éxito en el logro de la pacificación a principios de la década de los 70. Es preciso destacar su honestidad a toda prueba, su integridad personal en la vida familiar al lado de su esposa de toda la vida, Doña Alicia. Quiero recordar su fe cristiana y su práctica religiosa constante y auténtica, ratificada en su hermoso mensaje póstumo al pueblo venezolano, su espíritu dialogante y su talante democrático, su apego a la legalidad y a la institucionalidad, su búsqueda permanente del encuentro y el consenso, su respeto por los demás, incluso por sus adversarios políticos, su pasión por la justicia social y por los derechos humanos, especialmente por los derechos de los trabajadores.
Y ¡cómo no resaltar su amor a la Iglesia!, manifestado de manera particular entre otras cosas, con el apoyo generoso a las obras de ésta en todo el país; su servicio desinteresado como joven abogado, al menos, a una Congregación religiosa femenina venezolana; su afecto y respeto por el episcopado, nunca menoscabado a pesar de las críticas que, en ejercicio de nuestro derecho de hablar sobre la marcha del país, con autonomía e independencia crítica, se hicieron a algunos aspectos del desarrollo del gobierno que presidió.
El Presidente Caldera deja a todos los católicos, más aún a todos los venezolanos, el testimonio de una vida virtuosa, gastada al servicio del bien común, con una intensa vocación de servicio al pueblo. Sé que gozó de la estima y consideración del Papa Juan Pablo II, que lo invitó a hablar en el Vaticano como orador principal en el acto conmemorativo de los 20 años de la Encíclica Populorum Progressio, en marzo de 1987. Y recuerdo, como anécdota, que estando yo hablando con el Santo Padre Juan Pablo II en ocasión de la Visita ad Límina de todos los obispos de Venezuela en el año 2002, en medio de nuestra conversación, el Papa me preguntó afectuosamente por el Presidente Caldera.

CONCLUSION
“El que cree en mí, aunque haya muerto vivirá”.
Al ofrecer nuestras plegarias en esta Eucaristía por el eterno descanso del Presidente Caldera, elevemos nuestros corazones, reafirmando nuestra fe y esperanza en Cristo resucitado y en nuestra propia resurrección.
Acompañemos a su querida familia con nuestras plegarias y nuestra cercanía, para que el Señor les conceda serenidad, consuelo y paz en su aflicción. Y, por intercesión de Nuestra Señora de Coromoto, oremos por Venezuela, por nuestra querida Patria, a la cual Caldera amó con pasión, para que sepamos con decisión y fortaleza encontrar los caminos de nuestro progreso por las sendas de la libertad, la justicia y la paz.
Amén.

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