jueves, 10 de abril de 2008

Aquel 11 de abril de 2002

CRÓNICA PARA NO OLVIDAR ...
  • "El ambiente era muy inquieto y la situación confusa. El aire picante, espeso y avinagrado, le hacía llorar los ojos hasta al más pintado de sus compañeros marchistas".
  • "Recorre el liceo Fermín Toro y la esquina del cine Baralt. En todas partes la sangre "escuálida" y "compatriota" impregnaba el suelo. No quiso sumar su cuerpo a los muertos y heridos con los cuales tropezó".
Ramón Antonio Pérez

Han transcurrido seis años. Pero es como si hubiese ocurrido ayer. Serían las tres y treinta minutos, aproximadamente, del inolvidable 11 de abril de 2002. Álvaro Méndez estaba allí, en la avenida Baralt de la ciudad de Caracas, como tantos otros venezolanos. Plantado en medio de la calle, frente al edificio La Nacional, sentía disposición de entrar a un combate que hace rato había comenzado.
Estaba ataviado con zapatos deportivos, blue jeans y una franela cuyo letrero indicaba su rechazo a la “Cubanización”. Llevaba un afiche en el cual se igualaba al Presidente Hugo Chávez con el terrorista Bin Laden. A pesar de proceder de un sector popular, la novedad de la clase media no le faltaba: una cacerola que tintineó durante todo el trayecto desde que se incorporó a la marcha, hasta que la realidad lo obligó a guardarla en el morral negro que llevaba en la espalda.
El ambiente era muy inquieto y la situación confusa. El aire picante, espeso y avinagrado, le hacía llorar los ojos hasta al más pintado de sus compañeros marchistas. Ante la lluvia de balas procedentes del norte de la avenida, éstos se veían obligados a cobijarse detrás de los funcionarios de la Policía Metropolitana, en una pretendida protección que no era tal.
Álvaro tenía el asoleado rostro muy expresivo y exudando pasión política. En cada mano tomó una piedra y las apretaba con furia buscando responder los ataques de los seguidores del gobierno. Su mirada se dirigió hacia el horizonte con rumbo al Puente Llaguno. Perdido y ensimismado recuerda cómo llegó hasta ese averno.
Serían las ocho de la mañana del emblemático día. Las estaciones del Metro de Caracas -Dos Caminos, Parque del Este, Altamira y Chacao- de su seno expulsaban torrentes de manifestantes venidos de las distintas partes de la ciudad. Las bocas del subterráneo tenían un exceso de personas, jamás conocida en su historia de servicio.
La marcha tenía previsto llegar sólo hasta la sede de Petróleos de Venezuela, en Chuao. Los manifestantes se disponían con todo el ánimo y atuendos de diferentes clases, a darle continuidad al paro general convocado por la CTV y Fedecámaras. Sería la coronación de una sui generis unidad de dirigentes sindicales y empresarios.
Eran amas de casa, ancianos, niños, minusválidos con muletas o en sillas de ruedas, trabajadores de todas las ramas de producción, profesionales, políticos y dirigentes de la sociedad civil. En sus manos empuñaban cacerolas, pitos y banderas tricolores como únicas armas para la protesta. El río humano cada vez era mayor.
Cuando ya eran las diez de la mañana, la marcha había llegado a Chuao. Pero todavía en Parque del Este se hacían presentes vecinos de Guarenas, Guatire, La Guaira y Los Valles del Tuy. Del torrente humano se comenzaba a escuchar el deseo de “Ir a Miraflores”. Un deseo impulsado por algunas personas de aspecto más radical en contra del gobierno. Y, Álvaro se preguntaba: ¿Por qué no ir, si nosotros también somos pueblo? Somos venezolanos y tenemos los mismos derechos de los chavistas. El balcón del pueblo también nos pertenece.
La expectativa por la llegada de los oponentes de Chávez iba creciendo entre sus seguidores ubicados en las cercanías de Miraflores. “Me extrañó ver la instalación de carpas con paramédicos y enfermeros, dispuestos a recibir los heridos de un posible enfrentamiento”, dijo Pedro Cermeño, compañero de trabajo de Álvaro y oponente en la política.
“Muchos compatriotas -indicó Cermeño- estaban apertrechados con garrotes, cabillas y tubos para repeler a los "escuálidos". “Sí es verdad, logré ver algunos bolivarianos con armas cortas y bombas molotov dentro de una de las carpas, y de paso, estaban custodiados por militares”, señaló. Cermeño se retiró antes del comienzo del macabro festín.
Al mediodía, en Chuao, Pedro Carmona Estanga, arengaba a la multitud e interpretando el sentimiento de ésta la invitó a “...dirigirse hacia Miraflores para pedirle la renuncia a Hugo Chávez, de manera cívica, democrática y sin violencia”. El aguerrido actor Orlando Urdaneta, ahora transformado en dirigente político, había deslizado que, en lugar de gritar "Ni un paso atrás", se dijera: "Ni un día más...".
En algunos rostros la expresión de sorpresa por el nuevo destino de la marcha no se hizo esperar. Unos pocos optaron por quedarse, otros pensaban llegar sólo hasta la avenida Bolívar y los más osados fijaron como meta el Palacio de Miraflores. La multitud convencida de su posición pacífica y democrática se desplaza por la autopista del Este, Plaza Venezuela, Paseo Colón y la Avenida Bolívar, rumbo a El Silencio.
Llegados al centro de Caracas, la multitud se desparrama entre Plaza O`leary, El Calvario, la estación Capitolio, Liceo Fermín Toro, avenida Baralt, avenida Universidad y la Asamblea Nacional. Fue un asedio contenido con eficacia por los disparos que procedían desde Puente Llaguno, y por las bombas que la Guardia Nacional lanzaba desde el sector Pagüita, en la avenida Sucre.
Álvaro hizo todos los intentos por llegar a Miraflores, pero los gases lacrimógenos, los disparos y las piedras se lo impidieron. Con la vanguardia de la marcha alcanzó el sitio conocido como El Manguito, tristemente recordado porque por allí escapó Carlos Andrés Pérez el 4-F de 1992; nadie ha dicho si Chávez lo hizo esa noche del 2002 por la prevención principal del palacio de Misia Jacinta. Luego recorre el liceo Fermín Toro y la esquina del cine Baralt. En todas partes la sangre "escuálida" y "compatriota" impregnaba el suelo. No quiso sumar su cuerpo a los muertos y heridos con los cuales tropezó.
A las tres y cuarenta, aproximadamente, una llamada al celular le alertaba de la transmisión televisiva del enfrentamiento. La cadena presidencial no tardaría. Álvaro Méndez, retornando sobre sí, lanza con impotencia las piedras al piso y decide regresar para su casa con el objetivo frustrado. Muchos jamás regresarían vivos a sus hogares. Él volvió de un infierno que apenas comenzaba y aún amenaza continuar.

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