jueves, 20 de enero de 2011

Monseñor Santana: “La Iglesia de hoy necesita cristianos que sean testigos valientes del Señor”


El Obispo explicó durante la homilía que la Iglesia ha vuelto “a los tiempos iniciales”, porque “si bien hay muchos que reniegan de su fe hay muchos también y quizá más, que la proclaman de forma heroica hasta el derramamiento de su sangre”. “No basta llamarse cristianos católicos, Hay que vivir como tales”, dijo el presidente de la CEV.
Ramón Antonio Pérez

San Sebastián, mártir.
 San Cristóbal, 20 de enero de 2011.Cuando se habla de los mártires y del martirio se tiende a pensar que esta forma de expresar la fe es cosa del pasado. Sin embargo no es así. En un estudio histórico publicado en Italia en el 2002 se calcula que en los dos milenios de cristianismo han sido mártires, es decir han derramado su sangre, a causa de la fe en Jesucristo, 70 millones de cristianos y que de ellos 45 millones y medio, es decir el 65%, han sido martirizados en el siglo XX”.
De esta manera se expresó el arzobispo de Maracaibo y presidente de la Conferencia Episcopal Venezolana, Monseñor Ubaldo Ramón Santana Sequera, durante la celebración eucarística que presidió en la Catedral de San Cristóbal, en honor al mártir San Sebastián, patrono de esta ciudad. Durante la celebración el Prelado estuvo acompañado por el Obispos de la Diócesis de San Cristóbal, Monseñor Mario Moronta; el obispo auxiliar de Mérida, Monseñor Luis Márquez; así como de un notable grupo de sacerdotes y seminaristas de la entidad tachirense.
Explicó en la homilía la vida que le correspondió vivir a San Sebastián, dando a conocer las virtudes y su condición de mártir como ejemplo para los cristianos en la actualidad. “La fiesta de San Sebastián es por consiguiente para todos nosotros una invitación de gran actualidad a reasumir con decisión el compromiso cristiano de dar testimonio de Jesucristo en medio de las realidades en las que nos encontramos inmersos”, expresó Monseñor Santana.


HOMILIA PRONUNCIADA POR MONS. UBALDO SANTANA SEQUERA EN LA MISA EN HONOR DE S. SEBASTIAN, MÁRTIR, PATRONO DE SAN CRISTOBAL

Amado pueblo de Dios de esta Iglesia particular que peregrina en el Táchira
Excmo. Mons. Mario Moronta, su padre y pastor
Queridos hermanos presbíteros, diáconos, religiosos, seminaristas
Peregrinos, visitantes, invitados especiales
Radioescuchas y televidentes
Hermanos y hermanas en el Señor Jesús.

Es una saludable y antigua costumbre colocar instituciones, organismos y ciudades bajo el patronazgo de Jesucristo, de su madre la Virgen María, y de los santos y santas de la Iglesia. Así ocurrió con las villas y poblados en Venezuela desde la llegada de los conquistadores y de la labor evangelizadora de los misioneros y de los curas doctrineros. Son notorios en el Táchira los patronazgos del Santo Cristo en La Grita, de Nuestra Señora de la Consolación en Táriba y de San Sebastián en esta ciudad, títulos e imágenes a quienes este noble pueblo andino sabe rendirle esplendorosos homenajes de fe.
San Sebastián, el santo que hoy celebramos, fue introducido muy tempranamente por soldados y predicadores en nuestro territorio para defender a los pobladores de los estragos de las flechas envenenadas, de la peste y del cólera y representa, uno de los tantos lazos, que hermanan a nuestra dos Iglesias locales. En Maracaibo celebramos su fiesta tono menor y estamos en deuda con él.
Celebrar un santo en la Iglesia católica es celebrar la gloria del Padre que se ha manifestado en Jesucristo Nuestro Señor y se irradia en la santa Iglesia y sobre los bautizados. En uno de los prefacios de la fiesta de los santos afirmamos: “En verdad es justo darte gracias y deber nuestro glorificarte, Padre Santo, porque tu gloria resplandece en cada uno de los santos, ya que al coronar sus méritos, coronas tus propios dones” (Prefacio de los Santos I). No tiene sentido alguno celebrar a un santo si esa fiesta no nos lleva a mirar hacia Jesús, iniciador y consumador de nuestra fe (Cf He 12,1) y hacia una mayor compenetración con él. Las celebraciones litúrgicas de la Iglesia tienen siempre a Jesucristo como su fuente, su medio y su finalidad última y sólo “con él, por él y en él, en la unidad del Espíritu Santo, podemos dar al Padre “todo honor y toda gloria” en esta tierra y en el mismo cielo.
Los relatos que narran las muertes martiriales se llaman “Pasiones” porque cada una de ellas reproduce de algún modo la pasión gloriosa de Jesucristo. En el Derecho del imperio romano, el que se negaba a dar culto a los dioses y al emperador, era reo de muerte y debía de ser ejecutado de manera pública e infamante. Unos fueron decapitados; otros echados a los leones; otros quemados o flechados. Hubo cristianos que se acobardaron y apostataron de su fe, los llamados “lapsi”, pero fueron más los que arrostraron con valor los peores tormentos y rubricaron con la muerte su fidelidad a Jesucristo y su pertenencia a la Iglesia. A ellos se les dio el título por excelencia de título de testigos, de mártires. Apegados a la enseñanza de su maestro aprovecharon los juicios públicos para dar testimonio de su fe, remitiéndose a aquellas palabras de su Maestro y Señor: “Los entregarán a las autoridades, los golpearán en las sinagogas y hasta los presentarán ante gobernadores y reyes por causa mía; así podrán dar testimonio de mi delante de ellos y de los paganos” (Mt 10,17-18). Ante los tribunales imperiales los cristianos no presentaban pues una defensa para probar su inocencia sino una profesión de fe, inspirada por el mismo Espíritu Santo (Cf Mt 10,19).
Las actas martiriales cuentan que San Sebastián era el comandante de la Cohorte imperial de Diocleciano y sin temer las consecuencias, ejerció intensamente la caridad, con los encarcelados, con sus soldados y sus familias. Denunciado, fue condenado a ser asaeteado. Así lo encontramos representado en vitrales, pinturas y esculturas de la iconografía cristiana. Su historia está llena de acontecimientos maravillosos que ponen de relieve su valentía extrema en proclamar su condición cristiana sin temor a la muerte. La Iglesia reconoció el gran valor de su testimonio, lo introdujo desde muy temprano en el catálogo de los mártires y registró su nombre en la lista de los santos enumerados en el Canon romano, junto con el Papa Fabián.
Un aspecto singular de su testimonio y santidad es el empeño que puso en afrontar el martirio. Cuenta la historia efectivamente que este alto oficial de la milicia imperial, después de sobrevivir al primer suplicio, se presentó espontáneamente a los tribunales para declarar su fe y ser sometido nuevamente al martirio. Nos podemos preguntar: ¿Es lícito desear el martirio, pedírselo a Dios? Si, ciertamente pues es el acto más perfecto de la caridad, el que más directamente se asemeja a la pasión de Jesús, asimila más íntimamente a su obra redentora y produce ubérrimos frutos para el mártir y para la comunidad cristiana. Pero ¿Es lícito no solamente desear sino procurar y buscar el martirio a toda costa como Sebastián? Como regla general hay que decir que no. Se corre el riesgo de caer en la presunción, en la falsa humildad y en la complicidad con el crimen del perseguidor. Sin embargo su caso es una excepción.
Su gran aceptación y popularidad se debe entre otras razones al hecho de haber sido sepultado en una catacumba de la Vía Appia antica al lado de la cripta donde reposaron los cuerpos de los SS. Apóstoles Pedro y Pablo. Cuándo éstos fueron trasladados a la basílica vaticana, fueron sus reliquias las que continuaron atrayendo peregrinos y le dieron su nombre al cementerio cristiano. Hoy estas catacumbas son unas de las metas preferidas de los peregrinos de Roma. He tenido la dicha de celebrar varias veces la eucaristía en la capilla erigida allí en su honor.
Cuándo se habla de los mártires y del martirio se tiende a pensar que esta forma de expresar la fe es cosa del pasado. Sin embargo no es así. En un estudio histórico publicado en Italia en el 2002 se calcula que en los dos milenios de cristianismo han sido mártires, es decir han derramado su sangre, a causa de la fe en Jesucristo, 70 millones de cristianos y que de ellos 45 millones y medio, es decir el 65%, han sido martirizados en el siglo XX. Hemos vuelto pues a los tiempos iniciales de la Iglesia: si bien hay muchos que reniegan de su fe hay muchos también y quizá más, que la proclaman de forma heroica hasta el derramamiento de su sangre.
La gran mayoría de esos mártires contemporáneos fueron sacrificados por odio a la fe cristiana en distintas partes del mundo y bajo diversos tipos de regímenes: el comunismo de la Unión soviética, el nazismo alemán, las dictaduras militares centro y suramericanas y los gobiernos anticlericales de México. Hoy en día ocurren en el continente asiático y africano provocados por los fundamentalismos seudo religiosos atizados por el odio y el fanatismo racial. Recientemente el Papa Benedicto XVI deploró por ejemplo las masacres cometidas en Filipinas, en Irak y en Egipto.
La fiesta de San Sebastián es por consiguiente para todos nosotros una invitación de gran actualidad a reasumir con decisión el compromiso cristiano de dar testimonio de Jesucristo en medio de las realidades en las que nos encontramos inmersos. He podido comprobar que entre los compromisos asumidos por la Iglesia tachirense en el segundo Sínodo para renovarse en espíritu y en verdad, figura precisamente llevar a cabo “una decidida acción apostólica en la línea que nos indica Jesús al inicio del libro de los Hechos de los Apóstoles: con la fuerza del Espíritu Santo, para ser testigos valientes del Señor” (Libro del Sínodo N0 242).
El Sínodo trae también un vigoroso llamado a asumir la radicalidad de la vida cristiana y a responder, según los estados de vida y los carismas recibidos, a la vocación universal a la santidad. Causa gran gozo comprobar que ese llamado no ha caído en saco roto en esta Iglesia y ha encontrado respuestas concretas en los siervos de Dios Mons. Tomás Antonio Sanmiguel, primer obispo de la diócesis, la Madre Israel Bogotá Baquero, religiosa Carmelita de la Madre Candelaria, la ama de casa María Geralda Guerrero de Piñero y la Madre Lucía del Niño Jesús y de la Santa faz, fundadora del Carmelo Descalzo en Venezuela. Falta para ser consecuentes con San Sebastián que aparezca también un candidato entre los militares. El venerable y próximo beato Juan Pablo II pregonaba la necesidad de promover la pastoral de la santidad.
La Iglesia de hoy necesita cristianos que sean testigos valientes del Señor, que acojan con gozo y perseverancia la Palabra de Dios como buena noticia de salvación y renueven con su vocación bautismal la juventud de la Iglesia y alienten con su compromiso la transformación de la realidad. Testigos que ante tanta mentira, injusticia y corrupción puedan responder al grito de los jóvenes y de los pobres que le preguntan a la Iglesia como el salmista: “¿Dónde está tu Dios?”.
Las nuevas generaciones tienen sed de cristianos auténticos, que crean en lo que anuncian y vivan lo que creen. El Papa Paulo VI de feliz memoria para mi hermano Mario y para mi, colocaba el testimonio de vida “en una condición esencial con vistas a una eficacia real de la predicación” del evangelio (EN 76). Y el próximo beato Juan Pablo II que nos dio un extraordinario testimonio de vida recogió esta luminosa enseñanza: “El hombre contemporáneo cree más a los testigos que a los maestros, cree más en la experiencia que en la doctrina, en la vida y los hechos que en las teorías. El testimonio de vida cristiana es la primera e insustituible forma de la misión.” (RM 42)
Hermanos y hermanas en el Señor, familias cristianas, jóvenes y adultos, dirigentes políticos, sociales y culturales, pequeños y grandes, laicos asociados y no asociados, tomemos en serio nuestra condición cristiana, imprimamos más fuerza y dinamismo a nuestra vida de fe. Venezuela y el Táchira están esperando de nosotros los cristianos católicos el cabal cumplimiento de nuestra fe. No basta llamarse cristianos católicos, Hay que vivir como tales, Y esa vida se debe reflejar en nuestras conductas personales, familiares, sociales, económicas y políticas. Nuestro pueblo tiene hambre y sed de Dios. Quiere menos palabras y más realizaciones. El testimonio evangélico que está esperando de nosotros es un compromiso más serio y coherente con los pequeños, con los pobres, con los excluidos, con los que sufren toda clase de maltratos y humillaciones en su cuerpo y en su alma. Está esperando un trabajo más consistente por la paz, la justicia, los derechos humanos, la convivencia fraterna, el desarrollo integral del hombre.
Que San Sebastián, testigo de Cristo, nos entusiasme a todos en la apremiante tarea de llevar una vida que dé testimonio más vivo y convincente de la persona y del evangelio de Nuestro Señor Jesucristo. Es muy posible que a ninguno de nosotros se nos pida el testimonio radical de morir por Cristo. Pero existe también el martirio de la entrega fiel, generosa y alegre de la vida de cada día. Hay un himno litúrgico de la Iglesia que dice:

Martirio es el dolor de cada día
Si en Cristo y con amor es aceptado
Fuego lento de amor que en la alegría
De servir al Señor es consumado.

Volteemos la mirada hacia Jesús, el Señor, el cordero degollado, el Testigo por excelencia (Ap 1,5) y el modelo del testimonio cristiano. En esta Eucaristía nos hace el don de su cuerpo y de su sangre: cuerpo entregado por la vida del mundo; sangre de la alianza nueva y eterna, derramada por la salvación de la humanidad y derrama sobre nosotros su Espíritu de amor para que seamos nosotros también sus testigos aquí en el Táchira y hasta los confines del mundo. Que como el apóstol Juan, al salir de esta y de todas nuestras celebraciones podamos decir: “Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído y lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que hemos tocado con nuestras manos, es lo que le anunciamos…para que compartan nuestra vida, como nosotros la compartimos con el Padre y con su Hijo y la alegría de ustedes sea completa” (1 Jn 1-2) –

San Cristóbal 20 de enero de 2011

+Ubaldo R. Santana Sequera.
Arzobispo de Maracaibo
Presidente de la Conferencia Episcopal Venezolana



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