La Fraternidad San Pío X responde al Vaticano y rechaza cualquier “mínimo doctrinal” para la comunión y advierte que la supervivencia de la Tradición exige proceder con las consagraciones episcopales del 1 de julio de 2026, a menos que la “caridad” prevalezca sobre las sanciones.
Publicado el 20 de febrero de 2026
“No ruego sólo por éstos, sino también por
aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno.
Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que
el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste,
para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que
sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has
amado a ellos como me has amado a mí”. (Juan, 17, 20-23)
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Leer la precedente cita del Evangelio de san Juan y reflexionar las palabras de Jesús en torno a la actual situación de la Iglesia Católica, deja muchas dudas sobre las actuaciones adoptadas por las autoridades del Vaticano.
Por una parte, aúpan encuentros con
diversas corrientes de cristianos y otras religiones en lo que es conocido como "Ecumenismo"; relativizan y aceptan las
relaciones con la China comunista que hasta una "iglesia católica paralela" ha creado y
consagran obispos según su criterio; dan "luz verde" a quienes impulsan uniones
conyugales del mismo sexo. Sin embargo, rechazan –o al menos
ponen trabas- a quienes impulsan las expresiones genuinas surgidas de su propia
Tradición y Magisterio.
El
Estado de necesidad de la Iglesia
La confrontación de las autoridades eclesiales con la Fraternidad San Pío X (FSSPX), nuevamente mantiene en vilo al mundo católico luego del “diálogo” que el 12 de febrero se dio entre el Prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, Cardenal Víctor Manuel Fernández y el Reverendo Padre Davide Pagliarani, Superior General de la FSSPX, fundada por el arzobispo francés Marcel Lefebvre el 1 de noviembre de 1970 en Écône, Suiza. (Ver AQUÍ)
Cabe recordar, que esta
Fraternidad nace como una sociedad de vida apostólica tradicionalista en
respuesta a los cambios litúrgicos y doctrinales del Concilio Vaticano II.
El 1 de
julio de 1988, se publica un decreto de excomunión. Monseñor Lefebvre y la
Fraternidad consideran este decreto de excomunión inválido, en particular a causa
del estado de necesidad en el que se encuentra la Iglesia. El 21 de enero de
2009, el decreto de excomunión de los cuatro Obispos consagrados por Lefebvre
será retirado mediante otro decreto, por mandato del Papa Benedicto XVI.
ESTADÍSTICAS: Treinta y ocho años después de las excomuniones, la FSSPX ha pasado de ser un grupo reducido a una realidad eclesial global concreta de acuerdo con estadísticas verificadas en el año 2025. En sus portales reconocen contar con 1482 miembros: 2 obispos, 733 sacerdotes, 265 seminaristas, 145 Hermanos, 88 Oblatas y 25 Hermanas. La edad promedio es de 47 años, lo que sugiere una organización religiosa joven que, con 50 nacionalidades trabaja en 77 países. Además, posee 17 Distritos y Casas Autónomas y sus 798 lugares de culto los atiende con otras comunidades aliadas. Tiene 5 seminarios y 120 colegios.
“Ningún
acuerdo doctrinal es posible”
Tras las conversaciones del Cardenal “Tucho” Fernández y Pagliarani, la decisión de la FSSPX es contundente: confirma sus ordenaciones, previstas para el 1 de julio de 2026, como una manera de dar respuesta a la perenne necesidad de caridad hacia las almas. “El único camino posible es la caridad, no un acuerdo doctrinal”, ha dicho Pagliarani.
La misiva, hecha pública el Miércoles
de Ceniza de 2026, acepta formalmente el diálogo ofrecido por Roma, pero
desmonta cualquier expectativa de entendimiento. “Sabemos de antemano ambos que no
podemos ponernos de acuerdo en el plano doctrinal”, afirma Pagliarani,
señalando que los textos del Concilio Vaticano II no pueden corregirse y que la
interpretación oficial ya está fijada por sesenta años de pontificados.
Ante este callejón sin salida, la FSSPX
propone un cambio de paradigma: “El único punto en el que podemos coincidir
es en la caridad hacia las almas”. La carta apela directamente a la
flexibilidad pastoral promovida en los últimos años y pide que se permita a la
Fraternidad seguir administrando sacramentos sin buscar una regularización
canónica que, en el actual contexto, resulta “impracticable”.
El
1 de julio, fecha clave
El texto eleva la presión sobre la
Santa Sede al vincular el diálogo con la amenaza latente de sanciones.
Pagliarani recuerda que la propuesta de diálogo llega solo después de que se
evocaran posibles consagraciones, y denuncia que, tras un largo silencio, solo
cuando se evocan consagraciones episcopales se propone retomar un diálogo que aparece,
así como dilatorio y condicionado.
En efecto, la mano tendida de la apertura al diálogo va acompañada, por desgracia, de otra mano ya dispuesta a imponer sanciones. Se habla de ruptura de comunión, de cisma y de “graves consecuencias”. Además, esta amenaza es ahora pública, lo cual crea una presión difícilmente compatible con un verdadero deseo de intercambios fraternos y de diálogo constructivo, agrega en el comunicado.
En ese orden, lejos de retroceder, la
Fraternidad subraya que no puede abandonar a las almas y que las consagraciones
son irrenunciables para garantizar la continuidad de la Tradición. “No le
pedimos nada más, ningún privilegio, ni siquiera una regularización canónica”,
insiste, en un intento de desactivar la confrontación sin ceder en lo
sustancial. Con la fecha del 1 de julio en el horizonte, la pelota queda ahora
en el tejado vaticano.
Reflexión final
El escenario que vive la Iglesia católica de 2026 difiere radicalmente de aquel de 1988, cuando Monseñor Lefebvre junto a Monseñor Castro Mayer hizo las primeras consagraciones de la Fraternidad San Pío X, las que fueron respondidas con excomuniones automáticas, de acuerdo a los contenidos del Código de Derecho Canónico.
En un mundo hiperconectado, donde los
fieles están informados y participan activamente en los debates eclesiales, las
estrategias vaticanas basadas en la imposición disciplinaria unilateral ya no
generan sumisión automática, sino perplejidad, cuestionamiento y división.
Por tanto, el Vaticano se encuentra
ante una encrucijada: repetir los esquemas del pasado, condenándose a agravar
la brecha lo cual significaría una “derrota diplomática y al diálogo” para la institución; o innovar
con una caridad inteligente que reconozca que, a veces, la unidad se construye
permitiendo vivir aquello que no se puede acordar.
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