Para empezar, recordemos que Pascua proviene del hebreo “Pesaj” y significa “Paso” y en la celebración de la Pascua Cristiana en que festejamos el paso de Jesucristo de la muerte a la vida y por ende el paso de la esclavitud del pecado hacia la nueva vida por la gracia de Dios.
Publicado el 31 de marzo de 2026
La Iglesia nos prepara con el tiempo de la Cuaresma que empezó el Miércoles de Ceniza y culmina el Jueves Santo en la tarde para comenzar en la tarde de ese día el Triduo Pascual que abarca también el Viernes Santo y Sábado Santo en que conmemoramos el misterio de la Redención: la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo.
El Triduo Pascual
El Triduo Pascual era anteriormente considerado la preparación para la
Pascua de Jesús, pero en la actualidad el Triduo Pascual es la Pascua misma, y por lo tanto las celebraciones de la liturgia de esos tres días constituyen
en si una sola celebración en tres partes que abarca todo el Misterio Pascual
de la Redención efectuada por Cristo.
El primer día del Triduo Pascual se inicia con la Misa Vespertina de la
Cena del Señor en que recordamos la última Cena de Jesús con sus apóstoles un
día antes de morir en la cruz y que, según la tradición, fue en el Cenáculo de
Jerusalén. En esa Cena Nuestro Señor instituyó los sacramentos de la Eucaristía
y del Orden Sacerdotal y nos dejó el mandamiento del amor al prójimo (cf. Jn
13, 34-35)
La Eucaristía
nació durante la Cena Pascual Judía
En las Sagradas Escrituras específicamente en los Evangelios y en la
primera carta del apóstol San Pablo a los Corintios hay cuatro narraciones de
la institución de la sagrada Eucaristía realizada en el primer Jueves Santo de
la historia: Mt 26, 26-29; Mc 14, 22-25; Lc 22, 14-20 y 1Co 11, 23-25. También en el Evangelio según San Juan está
el discurso de Jesús sobre el Pan de vida en la Sinagoga de Cafarnaúm (Jn 6,
28-58).
La Eucaristía, que significa acción de gracias, fue instituida durante
la celebración de la cena pascual judía en donde Nuestro Señor establece el Memorial
de la Nueva Alianza donde Él va a ser el Cordero pascual, “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (cf. Jn 1,29) y
que al día siguiente Viernes Santo muere en la cruz inmolándose como cordero
para la redención de los pecados de la humanidad.
La cena pascual judía que en la actualidad nuestros hermanos judíos lo
siguen realizando consiste en una celebración donde se hace memoria de la
salida de los israelitas de Egipto, es decir, el paso de la esclavitud hacia la
libertad y se actualiza la intervención de Dios a favor de ellos. Por lo tanto,
este acontecimiento sigue siendo importante porque se recuerda que Dios en su
amor se compadeció de aquel pueblo que por mucho tiempo estuvo sometido en la
esclavitud en Egipto y lo liberó de esa opresión, y el pueblo judío tendrá en
cuenta este acontecimiento agradeciendo por siempre al Señor y transmitiendo
este suceso de generación en generación.
En la cena pascual judía se sigue un rito establecido con el nombre “Seder
de Pesaj”, la palabra “Seder” es hebreo y significa “orden”, y por lo tanto, en
la cena se sigue un orden determinado que constituye el ritual de la
celebración en memoria de la salida de los israelitas de Egipto y su paso por
el Mar Rojo hacia la libertad.
Nuestro Señor Jesucristo en vísperas de su Pasión y Muerte celebró esta cena pascual judía y usando sus elementos instituyó la sagrada Eucaristía que desde ese momento se convirtió en el Memorial de su Pasión, Muerte y Resurrección y también en el Banquete de la Nueva Alianza, porque con su Sangre estableció un nuevo pacto entre Dios y el hombre:
“Mientras comían, Jesús tomó pan pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: Tomen y coman; esto es mi cuerpo. Después tomó una copa, dio gracias y se la pasó diciendo: Beban todos de ella: esto es mi sangre, la sangre de la Alianza, que es derramada por muchos, para el perdón de sus pecados” (Mt 26, 26-28)
Cumpliendo lo que dijo en la Sinagoga de Cafarnaúm, añadió:
“En verdad les digo que si no comen la carne del Hijo del Hombre y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre vive de vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.” (Jn 6, 53-54).
También Cristo instituye en la Última Cena el sacramento del Orden
Sacerdotal al decir: “Hagan esto en
memoria mía” (Lc 22,19)., y por lo tanto, el sacerdote como ministro de
Cristo es el único quien preside la Eucaristía por tener sus manos consagradas
por la unción del santo Crisma en el día de su ordenación sacerdotal.
El Sacramento de
la Eucaristía
La sagrada Eucaristía llamada también la santa Misa es el sacramento del
amor de Dios al ser humano porque Cristo lo instituyó como Memorial de su Pasión,
Muerte y Resurrección, se actualiza su sacrificio en la cruz para la salvación
del mundo y se hace verdaderamente y realmente presente en las especies de pan
y vino en el momento de la consagración para estar cerca de nosotros.
También en la Eucaristía Cristo se nos da como alimento en el momento de
la comunión para el fortalecimiento de nuestra vida espiritual porque Él es el
verdadero Pan que ha bajado del cielo (cf. Jn 6, 4). El Papa Benedicto XVI en
su Exhortación Apostólica Sacramentum Caritatis señaló: “En la Eucaristía, Jesús no da algo, sino a sí mismo; ofrece su cuerpo y
derrama su sangre. Entrega así toda su vida, manifestando la fuente originaria
de ese amor divino.”
San Juan Pablo II en su encíclica Ecclesia de Eucharistía nos dice lo siguiente: “Cuando la Iglesia celebra la Eucaristía, memorial de la muerte y resurrección de su Señor, se hace realmente presente este acontecimiento central de salvación y se realiza la obra de nuestra redención.”
Amar la Sagrada
Eucaristía
Por tales motivos amemos el sacramento de la Eucaristía porque es la
fuente y culmen de la vida de la vida cristiana como lo señaló el Concilio
Vaticano II en su constitución sobre la Iglesia, porque por la Eucaristía damos
gracias a Dios, pedimos perdón por nuestras faltas, escuchamos la Palabra de
Dios y la predicación del sacerdote en la homilía.
También en la Eucaristía Cristo se hace presente en la consagración, se hace memoria de la institución del
sacramento cuando el sacerdote repite las palabras de Nuestro Señor, se
actualiza el sacrificio del Redentor en la cruz y recibimos al mismo Jesús
sacramentado en la comunión; y finalmente la celebración eucarística nos invita,
anima y ayuda a vivir la santidad y
practicar las virtudes cristianas en la
vida cotidiana y así en la hora de nuestra muerte estar en la presencia
del Señor participando en el Banquete eterno.
Por tales motivos recordemos las palabras de San Juan Pablo II en su misma
encíclica Ecclesia de Eucharistía:
“La Eucaristía, presencia salvadora de Jesús en la comunidad de los fieles y su alimento espiritual, es de lo más precioso que la Iglesia puede tener en su caminar por la historia.”




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