sábado, 11 de abril de 2009

11 de abril de 2002: Venezuela abre las puertas al comunismo


CRÓNICA.- No quiero y me niego a olvidar, por eso les recuerdo mi experiencia, tal cual la viví aquél terrible día. Fueron 19 victimas por esos sucesos, y la responsabilidad recién se la endilgan de manera sospechosa a unos policías en quienes la opinión pública dice que son inocentes, porque el verdadero culpable reina en Miraflores cual tirano. Los hechos y principales protagonistas se han convertido en la justificación para abrirles las puertas al comunismo

Ramón Antonio Pérez
Guarenas, 11 de abril de 2009

Han transcurrido siete años. Pero es como si hubiese ocurrido ayer. Los recuerdos todavía están frescos y revolotean recordando que la población demócrata fue capaz de deslatrarse de un militar sátrapa y comunista; pero en los líderes que tuvieron la oportunidad de poner el punto final, faltaron el pundonor, el coraje y una visión más amplia de la historia.
Los ahora llamados “golpistas” del año 2002, le jugaron mal papel a la mayoría que observa pasiva como Venezuela, se enrumba hacia un régimen comunista, bajo los designios del líder golpista del año 92.

La maldad desatada
Serían las tres y treinta minutos, aproximadamente, del inolvidable 11 de abril de 2002. Álvaro Méndez (quien esto escribe) estaba allí, en la avenida Baralt de la ciudad de Caracas, como tantos otros venezolanos. Plantado en medio de la calle, frente al edificio La Nacional, sentía disposición de entrar a un combate que hace rato había comenzado.
Estaba ataviado con zapatos deportivos, blue jeans y una franela cuyo letrero indicaba su rechazo a la “Cubanización”. Llevaba un afiche en el cual se igualaba al Presidente Hugo Chávez con el terrorista Bin Laden. A pesar de proceder de un sector popular, la novedad de la clase media no le faltaba: una cacerola que tintineó durante todo el trayecto desde que se incorporó a la marcha, hasta que la realidad lo obligó a guardarla en el morral negro que llevaba en la espalda.
El ambiente era muy inquieto y la situación confusa. El aire picante, espeso y avinagrado, le hacía llorar los ojos hasta al más pintado de sus compañeros marchistas. Ante la lluvia de balas procedentes del norte de la avenida, sus acompañantes se veían obligados a cobijarse detrás de los funcionarios de la Policía Metropolitana, en una pretendida protección que no era tal. Después se supo que era un puente desde ese día famoso y de unos edificios cercanos donde estaba apostada gente disparando.
Álvaro tenía el asoleado rostro muy expresivo y exudando pasión política. En cada mano tomó una piedra y las apretaba con furia buscando responder los ataques de los seguidores del gobierno. Su mirada se dirigió hacia el horizonte con rumbo al Puente Llaguno. Perdido y ensimismado recuerda cómo llegó hasta ese averno.
Empresarios y Trabajadores
Son las ocho de la mañana del emblemático día. Las estaciones del Metro de Caracas -Dos Caminos, Parque del Este, Altamira y Chacao- de su seno expulsaban torrentes de manifestantes venidos de las distintas partes de la ciudad. Las bocas del subterráneo tenían un exceso de personas, jamás conocida en su corta historia del servicio.
La marcha convocada la noche anterior tenía previsto llegar sólo hasta la sede de Petróleos de Venezuela, en Chuao. Los manifestantes se disponían con todo el ánimo y atuendos de diferentes, a darle continuidad al paro general convocado por la CTV y Fedecámaras: la coronación de una sui generis unidad de dirigentes sindicales y empresariales.
Eran amas de casa, ancianos, niños, minusválidos con muletas o en sillas de ruedas, trabajadores de todas las ramas de producción, profesionales, políticos y dirigentes de la sociedad civil. En sus manos empuñaban cacerolas, pitos y banderas tricolores como únicas armas para la protesta. El río humano cada vez era mayor.
Cuando ya eran las diez de la mañana, la marcha había llegado a Chuao; pero todavía en Parque del Este se hacían presentes vecinos de Guarenas, Guatire, La Guaira y Los Valles del Tuy. Del torrente humano se comenzaba a escuchar el deseo de “Ir a Miraflores”. Un deseo impulsado por algunas personas de aspecto más radical en contra del gobierno. Y, Álvaro se preguntaba: “Por qué no ir a Miraflores, si nosotros también somos pueblo. Somos venezolanos y tenemos los mismos derechos de los chavistas. El balcón del pueblo también nos pertenece”.
La expectativa por la llegada de los oponentes de Chávez iba creciendo entre sus seguidores, ubicados en las cercanías de Miraflores. “Me extrañó ver la instalación de carpas con paramédicos y enfermeros, dispuestos a recibir los heridos de un posible enfrentamiento”, dijo Cermeño, compañero de trabajo de Álvaro y oponente en la política.
“Muchos compatriotas -indicó Cermeño- estaban apertrechados con garrotes, cabillas y tubos para repeler a los "escuálidos". “Sí es verdad, logré ver algunos bolivarianos con armas cortas y bombas molotov dentro de una de las carpas, y de paso, estaban custodiados por militares”, señaló. Cermeño se retiró antes del comienzo del enfrentamiento.
"... Ni un día más ...."
Al mediodía, en Chuao, Pedro Carmona Estanga, arengaba la multitud e “interpretando” (comillas mías) el sentimiento de ésta la invitó a “...dirigirse hacia Miraflores para pedirle la renuncia a Hugo Chávez, de manera cívica, democrática y sin violencia”. El aguerrido actor Orlando Urdaneta, ahora transformado en dirigente político, había deslizado que, en lugar de gritar: "Ni un paso atrás", se dijera: "Ni un día más..., ni un día más".
En algunos rostros la expresión de sorpresa por el nuevo destino de la marcha no se hizo esperar. Unos pocos optaron por quedarse, otros pensaban llegar sólo hasta la avenida Bolívar y los más osados fijaron como meta el Palacio de Miraflores. La multitud convencida de su posición pacífica y democrática se desplaza por la autopista del Este, Plaza Venezuela, Paseo Colón y la Avenida Bolívar, rumbo a El Silencio.
Llegados al centro de Caracas, la multitud se desparrama entre Plaza O`leary, El Calvario, la estación Capitolio, Liceo Fermín Toro, avenida Baralt, avenida Universidad y la Asamblea Nacional. Fue un asedio pacífico y democrático, pero contenido con eficacia por los disparos que procedían desde Puente Llaguno, y por las bombas que la Guardia Nacional lanzaba desde el sector Pagüita, en la avenida Sucre.
Álvaro hizo todos los intentos por llegar a Miraflores, pero los gases lacrimógenos, los disparos y las piedras se lo impidieron. Con la vanguardia de la marcha solamente alcanzó el sitio conocido como El Manguito, tristemente recordado porque por allí escapó Carlos Andrés Pérez el 4-F de 1992. Nadie ha dicho si Chávez lo haría esa noche por la prevención principal del palacio de Misia Jacinta o por el patio trasero.
Luego recorre el liceo Fermín Toro y la esquina del cine Baralt. En todas partes la sangre escuálida y compatriota impregnaba el suelo. No quiso sumar su cuerpo a los muertos y heridos con los cuales tropezó.

19 muertos y un tirano inocente
A las tres y cuarenta, aproximadamente, una llamada al celular le alertaba de la transmisión televisiva del enfrentamiento. La cadena presidencial no tardaría. Álvaro Méndez, retornando sobre sí, lanza con impotencia las piedras al piso y decide regresar para su casa con el objetivo frustrado.
Muchos jamás regresarían vivos a sus hogares. Álvaro volvió de un infierno que apenas comenzaba. Fueron 19 victimas por esos sucesos, y la responsabilidad recién se la endilgan de manera sospechosa a unos policías en quienes la opinión pública dice que son inocentes, porque el verdadero culpable reina en Miraflores cual tirano comunista.
Tras el fracaso del 11-A, Venezuela abrió sus puertas a un sistema que, con todas las diferencias de los soviéticos y cubanos en lo esencial, la destrucción de la democracia y la violación de los derechos humanos los hace similares, así el tirano disfrace su régimen de Socialismo del Siglo XXI para encubrirse. Esto apenas comienza.



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